EN
BUSCA DE LA POLÍTICA
La palabra política convertida en sinónimo
de treta, maniobra, chanchullo, sospecha; su espacio invadido por la
descomposición, la desconfianza, la corrupción, la indiferencia hostil; su
oficio monopolizado por el show-business,
el permanente circo publicitario hasta la náusea de los depredadores
profesionales de lo público... Y, sin embargo, qué necesario recuperar un
sentido y una acción democráticos de la política.
La trinidad desregulación-liberalización-privatización
de la dictadura globalitaria ha significado el reinado de la economía, el
traslape de las leyes del mercado con las de la sociedad y su agobiante supremacía
sobre gobiernos y ciudadanos. Política de
despolitización, ha llamado Bourdieu a esta utopía neoliberal de un
mercado puro y perfecto que conlleva necesariamente un programa de destrucción
metódica y violenta de los colectivos, de todas las estructuras capaces de
obstaculizar la lógica de ese mercado. Es frente a esa máquina del poder que
reduce la política a la economía, la economía a las finanzas y las finanzas a
los mercados, que surge la necesidad de restaurar la política, la acción y el
pensamiento políticos: el ágora, esa esfera que, como recuerda Zygmunt Bauman,
desde antiguo ha vinculado lo privado, el oikos-hogar,
con lo público, la ecclesia-política.
Solo desde esa zona de la política, de tensión y de luchas, incluso
criminales, pero también de diálogo, cooperación y concesión, puede la
democracia sobrevivir a las permanentes tentaciones del poder de privatizar su
concepción y sus frutos.
La globalización mutilada por los poderes mediáticos
y financieros ha quebrado ese vínculo entre lo
privado y lo público, sin una correspondiente mundialización paralela
de las instituciones políticas democráticas. Mientras el poder real se instala
confortablemente en zonas invisibles, al margen de cualquier control democrático
de los ciudadanos, la política, como la definía Castoriadis: “...una
actividad lúcida y explícita que se ocupa de instaurar instituciones
deseables”, es decir, la política como
espacio de reflexión crítica para construir el proyecto de una sociedad autónoma,
permanece atrapada en la impotencia, confundida con el ejercicio de un poder de
cimientos agrietados en los marcos de un estado-nación colonizado por los
poderes globalitarios. La sumisión de los gobiernos a los dictados del
dios-mercado y su despreocupación por el bien común van de la mano con la apatía
de la ciudadanía. La ausencia de política es la otra cara de un darwinismo
moral que instaura el culto al ganador, la lucha de todos contra
todos y el cinismo como normas de todas las prácticas sociales.
Ese nuevo totalitarismo económico, que pregona que
el país es una empresa y el estado también, se resiste a todo intento de
someter la economía a la política, ni siquiera a regularla. Y esa
desaparición de la política democrática es el soporte de los ideólogos
neoliberales para proclamar a gritos que no
hay alternativas, condenar toda disidencia y usar, ahí sí, la política
criminal del poder desnudo cuando las clases "peligrosas” se rebelan
contra el orden "natural" de las cosas. No solo nos dicen que vivimos
en este mundo, sino que estamos obligados a aceptarlo y a considerarlo el único
de los mundos posibles.
La política no puede declararse impotente frente a
esos determinismos económicos y tecnocráticos. Más allá de los procesos políticos
al servicio de la lógica de ese sistema y ese pensamiento vendidos como únicos
y de sus odiosas patologías, hay que hacer política desde aquellos sujetos que
pueden hacer oposición y resistencia, para liberar el ágora de quienes lo han
secuestrado con el propósito de monopolizar la construcción política de la
realidad.
La deslegitimación de lo político ha significado el
descrédito interesado de lo público y la desregulación-destrucción de muchas
de las conquistas democráticas y sociales que en el seno del capitalismo y
fuera de él logró incrustar la lucha de los trabajadores. Recuperar la política
es la posibilidad de hacer resistencia, de formular cómo queremos vivir y en qué
mundo y de esbozar utopías y anticipaciones. No será desde los mercados, sino
desde la política que pueda latir esa aspiración de lo mejor que llevamos
dentro para hacer una sociedad emancipada y sustentable, sin
opresión ni destrucción.
[por
José Merino]