De entrada, May declara que su preocupación prioritaria es los pobres. La pobreza se compenetra con la crisis ambiental, y la ética ambiental necesaria es necesaria de cara prioritariamente a la pobreza. May considera que la crisis ambiental tiene cinco dimensiones: la pobreza, la deforestación, la contaminación de aguas y del aire, el monocultivismo agrícola con su dependencia de los insumos industriales y, finalmente, la degradación de humedales. Por lo menos es así como la crisis se expresa en América, cuya realidad es la que a May interesa centralmente (en su concepción de la crisis el autor no considera varias preocupaciones ambientalistas gruesas –por ejemplo, las referentes a la biotecnología y a la energía nuclear-, las cuales en América Latina y el Caribe podrían considerarse secundarias desde la perspectiva asumida por May, que ha dejado en claro que el motivo principal de su discurso es la situación de los excluidos). La tal crisis, y también la ética necesaria y correspondiente, se conciben de uno u otro modo según el punto de partida ideológico de quien se dé a la tarea de concebirlas. El punto de partida de May él lo deja claro, y no hay entonces que echar en falta la mención de lo que para otra gente podrían ser aspectos definitorios de la crisis o temas que pudieran indicar nuevos derroteros de la crisis ambiental y nuevos desgraciados sucesos.
May
afirma –distanciándose de los enfoques economistas y biologistas- que la
crisis ambiental es también una crisis ética y, entonces, de convivencia. La
salida de ella, pues, se avizora a partir de una nueva orientación en diversos
campos de la práctica humana: en la ética, en la política, en la ciencia, etcétera.
La ecología –dice el autor- ya empezó desde los años sesenta a ser foco de
influencia cultural con su enfoque temático y su conceptualización centrados
en la integración en vez de en el individualismo.
Coherentemente, May propugna una ética que contribuya a construir la comunidad,
que es donde las personas (las partes) logran desarrollar sus potencialidades.
Visto así, la conexión o convergencia entre ética y ecología es más fuerte.
Trátase de una ética de fundamento cristiano, porque para el cristianismo la
vida en comunidad es prioritaria, es base de su ética, y ésta es la que hace
viable la comunidad humana y, también, la comunidad ecosistémica: porque por
falta de una ética ambiental efectiva la biosfera, esa gran comunidad ecosistémica,
está colapsando.
Ni
en la sociedad humana ni en la naturaleza hay vida sin convivencia, y la
convivencia supone el reconocimiento de los otros (en ello naturaleza y sociedad
se homologan). El reconocimiento de los otros en la sociedad humana obliga a la
justicia, entendida como un principio que orienta o, en su defecto, desorienta a
la ética. En la tradición judeo-cristiana, insiste May, la justicia es un
ejercicio social en favor de los excluidos de la comunidad –el pobre y el
minusválido-, no un simple ofrecimiento de oportunidades a los individuos; es
solo en función de los excluidos y a favor de la igualdad que la justicia tiene
ahí sentido.
Lo
decisivo de la moral cristiana en lo atingente a la nueva ética ambiental que
preconiza May, es principalmente el principio de caridad y, articuladamente, la
aspiración o deseo imperioso de igualdad. Esa articulación conduce al respeto
por los seres vivos sin conciencia.