Vuelven
defensores del DDT
En los últimos tiempos ha tenido lugar una curiosa ofensiva en defensa
del DDT, un insecticida muy tóxico combatido por el ambientalismo desde los años
sesenta. Meses atrás, en la reunión del Grupo de Cairns, que reúne a los
grandes países exportadores agrícolas (donde participa Costa Rica), J.
Morris, del conservador Institute of Economic Affairs de Inglaterra, cuestionaba
los tratados ambientales que impiden usar el DDT. Más recientemente, en
varios periódicos latinoamericanos se publicó un articulo de Richard Tren y
Roger Bate donde se denuncia una "mortífera campaña de los verdes"
contra el DDT, concibiendo que esa sustancia es "esencial" para los países
subdesarrollados. Estos autores se expresan desde el International Policy
Network, un instituto de investigación y opinión inglés, fuerte promotor de
ideas neoliberales que, además, cuenta con una pequeña agencia de noticias en
América Latina (Aipe).
Recordemos que el DDT es un insecticida organoclorado que fue usado
durante décadas para luchar contra los insectos en la agricultura y contra
transmisores de enfermedades como la fiebre amarilla y la malaria. Una temprana
alerta contra sus efectos negativos fue el famoso libro de Rachel Carlson (La
primavera silenciosa) sobre una próxima "primavera silenciosa"
debido a la muerte de todas las aves causada por esos agrotóxicos.
Hoy se sabe que el DDT es tóxico para el sistema nervioso y que en
casos de intoxicación genera síntomas como temblores, convulsiones y hasta la
muerte por paro cardíaco o respiratorio. También existen serias sospechas de
que es cancerígeno. Es muy persistente en el ambiente, donde contamina
diferentes especies y, desde allí, queda enquistado en la cadena alimentaria,
concentrándose en cada uno de sus pasos. Justamente los primeras alertas en la
década de los cincuenta se dieron ante miles de aves que aparecían
contaminadas debido a que se alimentaban de insectos también contaminados.
Enseguida comenzó a detectarse DDT en frutas y verduras, peces, aves de corral,
en la carne y leche vacunas y en el ser humano -las madres lo transmitían a sus
hijos por la leche materna.
Sus graves efectos llevaron a que hace treinta años Estados Unidos
prohibiera su uso; en 1990 se dio un paso más calificándolo como contaminante
peligroso del aire. Muchos países siguieron el mismo camino excluyendo su uso
(prohibido en Costa Rica desde 1988 para el uso agrícola). A su peligrosidad se
sumó, además, la evidencia de la caída de su efectividad, ya que surgieron
variedades de mosquitos transmisores de enfermedades que eran resistentes al
DDT. Más recientemente, este tóxico se agregó a la lista de sustancias
contaminantes persistentes de la Convención de Estocolmo (firmada por varios países
latinoamericanos).
No es un hecho menor que desde ciertos centros y prensa se difundan
ideas a favor del DDT. En primer lugar, la afirmación de Tren y Bate de que
"los ambientalistas jamás permiten que la verdad o la ciencia interfiera
con sus alarmantes campañas" es falsa. En realidad, en el caso del DDT ha
sido justamente la evidencia científica la que ha advertido sobre su
peligrosidad. En segundo lugar, es necesario alertar que la defensa de ese agrotóxico
implica considerar la salud y la calidad ambiental como temas secundarios: hay
quienes sostienen que en los países más pobres sí se justifica usar DDT en
los cultivos y en el combate de la malaria y la fiebre amarilla, e incluso se le
defiende señalando su potencial contribución a la recuperación económica de
las empresas de agroquímicos -las preocupaciones por el ambiente y la salud,
según ese razonamiento, serían un lujo únicamente aceptable en las naciones
ricas.
La experiencia latinoamericana, donde ya hay probadas otra vías de
menor impacto para controlar los vectores de enfermedades y para enfrentar las
plagas de los cultivos, demuestra que aquella perspectiva es muy peligrosa
(muchos lugares todavía viven las consecuencias de haber desatendido la calidad
ambiental y la salud: hay personas contaminadas y depósitos de residuos que
nadie quiere). La promoción de este tóxico es además incompatible con el
esfuerzo de organizaciones campesinas y agroempresariales que exportan productos
agrícolas naturales, las cuales, si se atendiera a los defensores del DDT, podrían
perderse, porque chocarían con las barreras sanitarias de otras naciones.
Biólogo Uruguayo, autor de una extensa obra y secretario ejecutivo del centro Latinoamericano de Ecología Social ( www.ambiental.net/claes)