La hipocresía la expresa bien
Heinrich Heine en un poema: en público
predican agua, a escondidas toman vino. Trátase de una mentira
performativa. Jimmy Swagart, predicador de las iglesias electrónicas, predicaba
contra la sexualidad pero se le pilló gozando en lupanares, lo que causó
consternación en EU y América Latina. En el mismo tiempo, un cardenal católico
de París una madrugada murió feliz en una casa de putas de esa capital,
causando en Francia nada más que risa. Hoy, en EU y en otras partes, el
problema es con un delito mucho más grave, el de la pederastia, cometido por clérigos.
Son hipócritas: en público predican agua y a escondidas beben vino.
El mentiroso predica no mentirás, el homicida predica no matarás, el ladrón no
robarás. Pero ¿es posible no mentir, no cometer homicidio, no robar? Hay
mentiras de emergencia, hay defensa legítima, hay robos en caso de extrema
necesidad. Es imposible no violar estas normas morales. Detrás de toda moral
hay un actor que constantemente se mueve entre cumplirla e incumplirla.
Hay una hipocresía en el
interior de toda moral. Nadie puede predicar moral sin ser violador de ella;
predicarla contiene siempre esta contradicción performativa. Siempre se predica
agua en público tomando a escondidas vino. En la religión cristiana se dice
que todos son pecadores -por tanto, también aquéllos que tienen como oficio
predicar la moral (incluso Francisco de Asís decía sentirse capaz de cometer
todos los crímenes conocidos).
La hipocresía, entonces,
resulta condición humana, no acto aislado cometido por algunos. Moral es
hipocresía. Ningún predicador de la moral podría predicar lo que hace porque
presentaría un ideal muy mediocre que no entusiasmaría a nadie. No puede
predicar lo que hace, sino solamente lo que debiera hacerse y debiera hacer él
también. Ciertamente, si la viola comete un delito, pero un delito humano.
Veracidad es, entonces, aceptar esta hipocresía: reconocerse como ser humano
que vive la condición humana.
Hay también la hipocresía que
consiste en aparentar no ser hipócrita y negar la propia condición humana.
Nietzsche hizo la crítica de la hipocresía de la moral magistralmente, e
inclusive la amplió: no se puede imponer la moral sino por medios que violan
esa misma moral, lo que es igualmente cierto. Pero tampoco él encontró ninguna
salida. Pone la veracidad en contra de la hipocresía de la moral; es la abolición
de la moral en nombre de su inversión. Su superhombre ya está libre de los
imperativos de no mentir, de no asesinar, de no robar y, entonces, parece que
deja de ser hipócrita. Puede ser veraz, hacer lo que hace sin esconder ninguna
violación de este imperativo invertido: voluntad de poder.
Sin embargo, la moral invertida
resulta ser tan hipócrita como lo es la moral, de cuya crítica Nietzsche partió.
No se puede seguir esta moral de la voluntad de poder sin violarla
constantemente. El que la predica se muestra de nuevo incapaz de cumplirla.
Predica vino en público pero a escondidas bebe agua. El propio Nietzsche dice:
“Es fácil hablar de actos inmorales de todas clases, ¿pero se tendrá
fuerzas para soportarlos? Por ejemplo, yo no podría tolerar el haber faltado a
mi palabra o el haber matado: me consumiría durante más o menos tiempo, pero
moriría a consecuencia de ello; tal sería mi suerte” [Citado por Camus,
Albert. 1989. El hombre rebelde.
Losada. Buenos Aires: 76].
Se ha invertido la moral, pero
la hipocresía es la misma. Ha aparecido el segundo nivel de la hipocresía:
donde se sostiene no estar sometido a ésta. Pero la culpa ahora es al revés:
en la moral de partida el crimen es mentir, asesinar, robar; en la moral
invertida de la voluntad de poder es no
mentir, no asesinar, no robar. Mas el problema de conciencia y su inevitable hipocresía
sigue.
Por eso, Nietzsche no aportó
nada a la solución del problema de la culpabilidad, más bien lo hizo más difícil.
De eso se derivan varios
problemas: ¿Qué pasa con aquéllos que predican públicamente agua y toman a
escondidas agua también? Aunque no lo logren completamente, resultan entre los
peores. Y tanto peor cuanto más logran esta veracidad. Por supuesto, son los
hipócritas que niegan la hipocresía de sus acciones. Inclusive Nietzsche
predicaba agua en público y a escondidas tomaba agua también. Son los
inquisidores. Pueden ser irreprochables, pero todo lo que no cometen en su moral
privada ahora lo cometen en la negación de aquéllos que la violan. Al no tener
vida sexual, torturan a sus víctimas en sesiones; viven la sexualidad en forma
de la destrucción del cuerpo del otro. Mentira, asesinato y robo ahora se
cometen en contra de otros, que pretendidamente son mentirosos, asesinos y
ladrones. El inquisidor es una persona casi completamente recta y por eso puede
ser un gran criminal. Bernardo de Claraval, Cícero y Robbespierre son
prototipos, pero no los más representativos de los grandes criminales de hoy,
cuando ha aparecido algo que es simple cinismo y que nos domina, que tiene la
apariencia de hipocresía pero es muy diferente:
Según una noticia reciente en
la prensa, con motivo de la Cumbre de la Unión Europea celebrada en Sevilla en
junio, la célebre oenegé internacional Oxfam otorgó una medalla a la hipocresía
a la UE “por la doble moral que promueve en el comercio internacional, porque,
por un lado, impulsa la liberalización y eliminación
de subvenciones en los países empobrecidos mientras, por el otro, mantiene
cerrado su propio mercado y altamente subvencionada su agricultura, lo cual
favorece fundamentalmente a las grandes empresas y propietarios, y genera
excedentes a bajo precio que son exportados, hundiendo los mercados
internacionales y locales”. No dudo que el premio esté bien dado, pero ¿dónde
está la hipocresía? Ni la UE ni EU esconden nada, sino que dicen hagan lo que digo, pero
no imiten lo que hago, lo que no es hipócrita sino cínico. El moralista
hipócrita predicaba algo que tampoco hacía, pero no negaba que la exigencia se
dirigía a sí mismo también. El cínico, en cambio, predica algo de lo que
–según sostiene- él está exento. Niega abiertamente toda igualdad entre su
país –o región- y los otros. Merece un premio al cinismo pero no a la
hipocresía. Dice: nosotros tomamos vino,
pero ustedes agua. Empero, su veracidad no es la de Nietzsche, que detestaba
ese tipo de cinismo; lo suyo es precisamente el cinismo que Nietzsche veía en
políticos como Bismarck y Guillermo II y que hoy vería en Kissinger, Reagan y
los dos Bush. El mismo cinismo de los narcotraficantes que defienden la
prohibición de la droga porque sin ésta su negocio se desvanecería.
Al igual que los
narcotraficantes, hoy los poderes de nuestro mundo defienden los derechos
humanos, a los cuales necesitan para poder hacer sus negocios de poder. La
persecución de pretendidas conspiraciones mundiales asegura que los derechos
humanos no sean más que cortina de humo. ¿Cómo pueden conquistar el petróleo
de Asia Central sin la cortina de humo de los derechos humanos de los afganos?
Los derechos humanos en la boca del poder no tienen otra función que proteger
el negocio del poder. Son el medio para un masaje del alma sentimental de aquéllos
que no tienen poder y que no deben tenerlo, masaje que es parte de lo que
Hunttington llama el tittytainment
para las masas. No hace falta aparentar nada; no hay ninguna hipocresía, sino
un simple uso cínico de argumentos. Hasta se hace un campo de concentración en
Guantánamo y la cortina de humo de los derechos humanos lo protege (en realidad
el problema de los derechos humanos en Cuba es un problema que se juega en Guantánamo).
Si hace falta recuperar la moral
y la vigencia efectiva de los derechos humanos, hace falta recuperar la hipocresía.
Pero hay que recuperar la hipocresía de la moral, no la de la abolición de la
moral por la voluntad del poder. Y por ese camino va la recuperación de los
derechos humanos también. Tienen razón aquéllos que públicamente predican
agua y a escondidas toman vino. Hagamos entonces un elogio a la hipocresía. En
los años cincuenta aparecieron los jóvenes
airados, que fueron derrotados y se transformaron en yuppies.
Ahora vienen los viejos airados que
junto con las viejas airadas son
irresistibles y parece que no podrán ser aplastados.
[por Franz Hinkelammert]