Solidaridad
o enriquecimiento
El
presidente Pacheco parece estar convencido de haber encontrado la solución al
viejo problema de la vulgata planetaria neoliberal -replanteado recientemente
por Giddens- sobre cómo conciliar competitividad y crecimiento económico con
solidaridad social: dice que en su gabinete no hay economistas de izquierda, a
los que responsabiliza de los desastres de las economías socializadas, pero
para compensar esa carencia ha colocado en el sector social a personas con la
suficiente sensibilidad para repartir los frutos del crecimiento que vendrán de
la mano de los expertos económicos de la derecha. El rostro feroz de Mr. Hyde
permitiría así a la pequeña y pobre Costa Rica armarse para pelear en esa
guerra despiadada de la globalización salvaje, pero tras las tinieblas de la
noche emergería el corazón bondadoso del Dr. Jekyll, para colocar a las
malvadas y despreciables reglas del egoísmo económico en la olla popular de la
solidaridad social.
Las
economías crecen y crecen, la tarta se hizo más grande pero nunca llegó la
hora del reparto justo. Tras 13 años en la dirección general del FMI, Michel
Camdessus dijo compasivamente: "Ahora sabemos que no es suficiente
incrementar el tamaño del pastel. La forma en que se reparte tiene mucho que
ver con el desarrollo". No hacía falta llegar al desastre social provocado
por dos largas décadas de dogmática ultraliberal para enterarse de que no se
puede lograr igualdad si los valores sociales de la política se divorcian de la
tosca materia de los beneficios económicos. No puede esperarse milagros de una
política económica de derechas, sino la cruda realidad de la dinámica de esa
codicia infinita que sume al mundo en infiernos de injusticia. Ese auto de fe
neoliberal que anatematiza a todas las izquierdas posibles en nombre de una
confianza ciega en los mercados y que transforma los instrumentos de la política
económica en fines en sí mismos, no está en condiciones de colocar a las
personas en el centro de sus preocupaciones.
Mientras
se juegue en esa cancha de la globalización sin reglas, el equipo neoliberal
ganará por goleada a los bienintencionados de la escuadra social. Bono, el
cantante de U2, se llevó a África al secretario del Tesoro norteamericano para
sensibilizarlo frente a la tragedia que viven los pueblos de ese continente.
Cierto es que O`Neil prometió ayuda y dijo que "siente una gran
responsabilidad ante Dios", pero concluyó que África solo se salva con
libre comercio, privatizaciones, desregulaciones y competitividad y que la
solidaridad se quedará en el 0,4 del Pib, pues es una quimera pensar cumplir el
pequeño 0,7 aprobado por la Onu hace más de veinte años. Bueno es saber que
los secretarios del Tesoro se conmueven, pero nunca repartirán con la mano
izquierda las riquezas que ayudan a acumular y concentrar con la mano derecha.
Un
principio capital de toda buena sociedad es que las reglas y modalidades de
redistribución de la riqueza sean definidas por la sociedad antes de que la
riqueza sea producida. La tesis de que hay que dejar a los economistas que
produzcan la riqueza para después repartirla, para que no se irriten los
"políticamente correctos", es sencillamente falsa.
José Merino