En terminología tradicional la crisis del agua puede ser vista como una colisión clásica entre demanda y oferta. El agua dulce disponible representa menos del 1% de la existencia global de agua, al tiempo que la población mundial crece, en promedio, en 85 millones anuales. Mundialmente, el consumo de agua se duplica cada 20 años. Sin embargo, el agua disponible permanece constante, lo que significa una disminución del agua disponible per cápita. Paralelo a esto, la sobreexplotación, el avance de la urbanización y los crecientes niveles de contaminación restringen el uso del agua disponible. Se espera que en este primer cuarto de siglo el 63% de la población mundial habitará en  países con una significante carestía de agua. (Mientras las aguas superficiales se evaporan aceleradamente, las reservas subterráneas se agotan a un ritmo mayor que el de la cantidad recibida por las precipitaciones, además de que la minería y la industria amenazan con contaminar éstas cada vez más.)

Hoy, más que nunca, constatamos que el agua constituye el límite a la sustentabilidad, puesto que su sustitución no es posible. De hecho, el agua es ya materia fundamental de las políticas de seguridad nacional de no pocos estados.

El capitalismo ha consolidado su proceso de expansión caracterizado, en esta actual etapa, por la hegemonía del poder y los intereses de las corporaciones transnacionales que exigen mercados de bienes y de intercambio globales. Esta forma de la empresa capitalista surgió a partir de la II Guerra Mundial y se consolidó en los años setenta, por lo que no es extraño el surgimiento en esa década del llamado “consenso de Washington”. El poder de estas transnacionales está definiendo la evolución de la economía global, las políticas económicas de los estados y el destino de la base de la riqueza de las sociedades: la naturaleza y el trabajo humano. Pero el triunfo global del capitalismo presagia también su crisis global, lo que se ha denominado la tendencia decreciente de la tasa de beneficio del capital. De tal forma, a pesar del espectacular crecimiento del stock de capital, en los últimos años asistimos a un fenómeno sumamente revelador: en la composición del producto global la parte del stock del capital productivo no cesa de aumentar, al tiempo que la parte correspondiente a los beneficios muestra una declinación constante.

En los últimos años también se da uno de los síntomas más notorios de la crisis del capital, cual es la tendencia a la simultaneidad de las recesiones de las grandes economías. Al mismo tiempo, la tasa de crecimiento global es relativamente menor, lo que nos lleva a enfrentar una situación en la que se da un agresivo proceso de redistribución del correspondiente producto y sus beneficios. Obviamente, esta redistribución será determinada por quienes ejerzan ese poder global. Entonces, la globalización de la economía desemboca en la concentración de la riqueza y el poder en unos cuantos. Sin embargo, este proceso no está exento de contradicciones, y éstas se han evidenciado en el fracaso de las negociaciones en torno al Acuerdo Multilateral de Inversiones.

La empresa transnacional es global por el alcance y los escenarios en que se realizan sus operaciones, tanto propiamente productivas como de toma de decisiones y sus correspondientes flujos financieros. Es, pues, un engranaje que demanda una enorme flexibilidad. La estrategia, entonces, es clara: sentar las bases institucionales para la flexibilización del accionar del capital global, profundizar el proceso de apropiación de los factores de la función de producción -los cuales son básicamente los recursos y servicios naturales y la fuerza de trabajo- e incorporar nuevos negocios en sectores que precisamente suponen las mejores posibilidades de incrementar la acumulación de capital. Esto se logra abriendo nuevos mercados que son precisamente aquellas áreas protegidas por diferentes regulaciones y legislaciones (local, nacional, regional e internacionalmente) y aquellas que están en manos del estado. En efecto, los recursos y servicios naturales están siendo sometidos a una agresiva e intensificada mercantilización (la fuerza de trabajo es ya de por sí una mercancía). Toda esta estrategia es, de hecho, muy familiar para todos nosotros y podemos resumirla como ajuste estructural.

Actualmente, estamos viviendo la tercera etapa del ajuste estructural, expresada en la globalización bajo el liderazgo de la Organización Mundial del Comercio (OMC), como concreción máxima de la apertura de los mercados hacia un espectro total de actividades, incluyendo la herencia genética,  los servicios y bienes suministrados por el estado y los recursos y servicios de la naturaleza. La estrategia de globalización busca romper con toda barrera para el acceso a los recursos, disfrazado todo ello con la consigna de eliminación de las distorsiones para el crecimiento de la actividad económica. En todo este esfuerzo liberalizador continuamente se hace mención de la protección del ambiente y de los derechos humanos y laborales; sin embargo, en caso de disputa el criterio que resuelve es el del intercambio comercial global: se aplica en todo caso la regla menos restrictiva al comercio.

Aquí entra, por supuesto, el agua, que, como insumo básico para la agricultura, la industria y el consumo humano directo, ha sido incorporada de hecho al proceso de mercantilización de los recursos (entre los muchos ejemplos de esto destaca, por su brutal implementación, la privatización del agua en Cochabamba, Bolivia). Sin embargo, el capital requiere reglas claras e institucionalmente establecidas, lo cual se logra mediante los procesos de negociación o, más bien, de imposición comercial. Particularmente, son de relevante importancia las negociaciones que en el marco de la OMC se desarrollan en este tema como parte del Acuerdo General sobre Comercio y Servicios (Gats, por sus siglas en inglés). Los servicios son el sector de mayor crecimiento en el mundo; en los países de la OECD constituyen entre el 60 y el 70% del GDP y del empleo, pero representan sólo el 20% del comercio mundial.

Antes de 1995 los acuerdos de liberalización comercial enfatizaban en bienes, no en servicios. No obstante, la lógica de acumulación del capital global exige la incorporación de nuevos negocios, función que de sobra cumple el sector servicios, dentro del cual se incluyen servicios tan diversos como los financieros, el aseguramiento, las inversiones, las telecomunicaciones, el cine, internet, la construcción e ingeniería, la distribución de bienes al detalle, las franquicias, el turismo, la energía (considerando un amplio espectro de sectores y operaciones, desde electricidad hasta petróleo y energía nuclear), y también servicios esenciales como la educación, la salud, los servicios ambientales (manejo de desechos entre otros) y el suministro de agua.

El Gats es uno de muchos acuerdos  bajo la sombrilla de la OMC. Su misión es eliminar lo que en la nomenclatura de la OMC se conoce como “restricciones innecesarias y regulaciones gubernamentales internas que constituyen barreras al comercio entre los países en materia de servicios”. Se trata de un "acuerdo de marco multilateral", lo que significa que en un principio se define un amplio mandato y posteriormente se agrega nuevos sectores y reglas mediante negociaciones permanentes. Las negociaciones en el marco del Gats aplican a toda acción o medida emanada de un gobierno, a escala local, nacional o regional, incluyendo subsidios, donaciones, requerimientos de nacionalidad o residencia,  regulaciones cuantitativas, laborales y ambientales y un largo etcétera. Estas negociaciones formalmente se iniciaron en febrero de 2000 y se espera concluyan en diciembre de 2002. Su poder de vinculación es enorme -recordemos la capacidad de la OMC de establecer sanciones.

Como señalamos anteriormente, los procesos  de negociación globales reflejan las contradicciones entre los diferentes bloques del poder transnacional; por ejemplo, en el marco de la OMC encontramos a EU, a la Unión Europea, a Japón y los tigres asiáticos, a China, al Tercer Mundo y próximamente también a Rusia. Esto hace que surja la necesidad de constituir todo un espectro de organizaciones -es decir, procesos de ejercicio del poder- a través de las cuales se pueda impulsar la liberalización del agua en función de determinados intereses, en los cuales ocupan una posición relevante la Unión Europea y, en especial, las transnacionales francesas del agua: Suez Lyionnaise des Eaux y Vivendi S.A.

Podemos citar las siguientes instancias que impulsan la estrategia de la mercantilización del agua: 

Consejo Mundial del Agua, con la participación de la ONU, Banco Mundial, Asociación Internacional de Recursos Hídricos, que incorpora a asociaciones profesionales, a empresas, a ministerios del ramo, a instituciones financieras internacionales y a la Suez Lyonnaise.

En 1996 se establece el Global Water Partnership (GWP), red de acción de organizaciones interesadas en el sector agua cuyo fin es encontrar las herramientas que permitan solucionar este problema, en especial en los países del Tercer Mundo. En GWP participan organizaciones no gubernamentales, organizaciones gubernamentales y bancos multilaterales; en su Consejo de Administración encontramos a la Suez Lyonnaise, al Consejo Empresarial Mundial para el Desarrollo Sostenible y al Banco Mundial. Su orientación es estrictamente de mercado: el agua es vista como una mercancía  con valor económico en sus usos competitivos.

El gobierno francés, a través de la Asociación Francesa para la Normalización, ha propuesto que las regulaciones sobre el agua potable deben estar bajo el alcance de la Organizacion Internacional para la Estandarización (Iso), que es reconocida por la OMC como productora de estándares para un comercio legal. Sus estándares serían un techo, por encima de toda otra regulación, enfocados en el producto y no en procesos.  

En 1998 la Comisión sobre Desarrollo Sostenible del Consejo Económico y Social de la ONU recomendó a los gobiernos acceder a las grandes multinacionales, dado su enorme capital y capacidad tecnológica, y crear un mercado abierto del agua. La administración Bush también ha intensificado sus esfuerzos con miras a lograr asegurar la primacía de sus intereses a nivel continental a través de la liberalización del comercio regional y, en consecuencia, de la mercantilización de los recursos y servicios naturales. Es con este fin que se avanza hacia el Área de Libre Comercio de las Américas, siendo sus caballos de batalla el Plan Puebla Panamá, el Tratado de Libre Comercio con Centroamérica, el Plan Colombia y la Iniciativa Andina.

El agua, en este contexto, es concebida como objeto del intercambio comercial, es decir, como “mercancía económica”. Conforme a esta visión, no se reconoce el agua como elemento base de los procesos de vida, ni tampoco como un derecho humano fundamental. En el mejor de los casos se le ve como una necesidad humana que se ha de satisfacer a través del mercado, amenazándose así la gestión sustentable del agua y, especialmente, la equidad en el acceso a ésta. Es obvio también que la incapacidad de nuestros gobiernos para garantizar una gestión integral del patrimonio hídrico contribuye a esta estrategia de mercantilización del agua.

Manuel López El autor, economista, es miembro del grupo ecologista Coecoceiba-Amigos de la Tierra.

Página Principal.