Otto Reich, subsecretario de Estado para América Latina del gobierno de EU, se movía nervioso en su butaca del Melico Salazar el pasado 8 de mayo durante la ceremonia de traspaso de poderes. A Reich no le gustaba lo que Abel Pacheco iba desgranando en su primer discurso presidencial: ni lo de atención a los pobres y a las desigualdades, ni lo de que "Antes que convertirnos en un enclave petrolero, antes que convertirnos en tierra de minería a cielo abierto, me propongo impulsar un esfuerzo sostenido para convertir a Costa Rica en una potencia ecológica. El verdadero petróleo y el verdadero oro del futuro lo serán el agua y el oxígeno, lo serán nuestros mantos acuíferos y nuestros bosques…" -así habló Pacheco, en categórica confrontación con poderosos intereses transnacionales (petroleros y mineros), cerrando de esa manera la larga batalla librada por un amplio, diverso y fuerte movimiento social costarricense contra tales intereses.

Si ya esta toma de posición significaba una ruptura con los anteriores gobiernos, que tras la retórica ambiental del discurso oficial subastaron el territorio nacional mediante una política suicida de concesiones mineras y petroleras, Abel Pacheco fue más allá: se comprometió a impulsar "con firmeza y denuedo" la incorporación a la Constitución Política de un capítulo de garantías ambientales: "Como parte de este nuevo capítulo en la Constitución, vamos a crear las seguridades de protección absoluta a los bosques primarios para que no sea talado un solo árbol en ellos; la protección absoluta de los mantos acuíferos y los ríos … de los ecosistemas coralinos, de los manglares y los humedales … de la fauna y la flora silvestres... Vamos a crear el marco jurídico para que las áreas deforestadas sean reforestadas con especies nativas ... para impulsar procesos adecuados de tratamiento de los desechos sólidos, para entrar en un proceso sistemático de reciclaje y para impulsar la agricultura orgánica... Vamos a garantizar que los desarrollos tecnológicos, incluyendo los avances genéticos, se den en armonía con la naturaleza". (Don Abel reiteró esa línea de acción gubernamental en la Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de América Latina y de la UE recién celebrada en Madrid: "…abogo ante ustedes para que podamos lograr cuanto antes: la entrada en vigencia del Protocolo de Kioto... el cumplimiento de los Acuerdos de Río... el fortalecimiento del concepto desarrollo sostenible...".)

Otto Reich fue conciente, en su butaca, de que lo que escuchó iba en dirección opuesta a la prédica del presidente Bush: el proyecto imperial de globalización no debe detenerse ante nada ni nadie; el mundo es un inmenso y único mercado que el Imperio tiene derecho a conquistar y explotar; no debe haber limitación alguna para apoderarse de ningún elemento de la naturaleza que la hiperpotencia necesite. La inquietud de Reich fue solidariamente compartida por ministros y asesores neoliberales del nuevo gobierno, formados en las escuelas del pensamiento único productivista y mercantilista, hijos de ese letal ejército de charlatanes, expertos, consultores y analistas de tercera formados en universidades de primera a los cuales se refería ácidamente el novel de economía Joseph Stiglitz. Ejército que ha hecho de las privatizaciones, desregulaciones y liberalizaciones una religión y que ataca iracundo al ambientalismo militante, ese ambientalismo abrazado fervorosamente por Pacheco en su discurso de investidura.

¿Cómo conciliar la utopía ambiental con el elogio del presidente a tratados y áreas de libre comercio que reducen lo ambiental a mera mercancía? ¿Qué milagro se puede esperar de un equipo de gobierno entrenado solo para el juego de competir, vender, crecer y exportar todo con el fin de cebar a unos pocos? Dice Saramago que no somos lo que decimos sino el crédito que nos dan. Hay que tomarle la palabra a Pacheco a sabiendas de la paradoja que envuelve. Su aceptación de que debe colocársele diques al crecimiento económico (en contra de la exaltación al crecimiento ilimitado y de la divinización del mercado) no está exenta de contradicciones: las que son objetivas y duras, enraizadas en el entorno hostil, y también las subjetivas, que se refieren a las debilidades propias y que se agitan cuando se pretende avanzar a contracorriente.

 

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