
Las negociaciones para constituir un Área de Libre Comercio de las Américas
(Alca) se iniciaron en 1994 por el impulso de Estados Unidos. Es un proyecto
donde participa ese país junto a Canadá y las demás naciones de Latinoamérica
y el Caribe, con excepción de Cuba. En caso de concretarse, será el bloque
comercial más grande del mundo, con más de 800 millones de personas.
Muchos interesados en temas ecológicos supondrán que un acuerdo
comercial tiene poco que ver con los problemas ambientales continentales. La
realidad es otra: buena parte de los impactos ambientales se deben a la extracción
de recursos naturales para la exportación. Alrededor del 75% de las ventas
latinoamericanas son recursos naturales sin procesar o con poco procesamiento,
tales como minerales, petróleo y productos agroalimentarios. A su vez, esas
exportaciones representan un promedio del 20% del PBI regional, dejando en claro
el peso determinante que tienen dentro de las economías nacionales.
Esta problemática ambiental se encuentra inmersa en un fuerte debate
comercial en el que muchas naciones latinoamericanas requieren el
desmantelamiento del proteccionismo de EU y Canadá para aumentar sus ventas agrícolas,
a la vez que se resisten a incluir cualquier medida ambiental en los acuerdos. A
su vez, Washington presiona por extender la aplicación de las reglas del
comercio: considerando mercancías muchos elementos que hasta hace poco no lo
eran y, entonces, aplicándoles aquéllas. Los casos más claros se refieren al
agua (privatización de los recursos hídricos) y a la creación de servicios
ambientales (por ejemplo, compra y venta de sumideros de carbono).
En su actual configuración, el Alca está claramente inspirada en el
Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que vincula a EU con
Canadá y México. La iniciativa se restringe al plano económico, y más específicamente
comercial, sin contrapesos políticos sustantivos. Por lo tanto el Alca aparece
como un acuerdo asimétrico en el que las naciones de América Latina y
el Caribe deberán reducir sus aranceles y protecciones, de hecho ya muy bajos,
sin saberse cuáles serán las contrapartidas de EU y Canadá en rubros clave
como el agroalimentario. La misma asimetría se repite en otras cuestiones, como
con la pretensión de Washington de mantener sus mecanismos de antidumping o de
expandir sus exigencias en patentes.
El Alca, tal como se propone, es además un proceso de articulación
entre países que genera subordinación. No tiene como contrapeso un
proceso de integración en otras esferas, como la política, la cultural, etcétera.
El caso del TLCAN es igualmente ilustrativo: allí los ciudadanos mexicanos
siguen necesitando pasaporte y visa para viajar a EU y se carece de una política
común productiva acordada entre los países.
Finalmente, todo parece indicar que, siguiendo el ejemplo del TLCAN, se
transferirán enormes capacidades de acción a las empresas internacionales y su
flujo de capitales, incluyendo serios recortes a la soberanía de cada país
para regularlas. Aquí aparece el problema más urticante, ya que en sentido
estricto no se refiere a un país que se impone sobre otro (asumir que es una
imposición de EU sobre las naciones latinoamericanas sería una simplificación),
sino que es algo más profundo: se impone una nueva manera de generar reglas y
normas que no tiene necesariamente una ubicación geográfica. Esta nueva
racionalidad operará sobre todas las naciones, y eso hace que también EU y sus
ciudadanos la sufrirán. Esto se debe a que las empresas transnacionales quedan
desvinculadas de sus países de origen, y ellas pueden demandar no sólo a otras
empresas sino también a los estados. Por lo tanto, emerge un serio problema de erosión
del estado-nación.
Las consecuencias sobre las políticas ambientales son enormes. Los
ecosistemas, su fauna y su flora, y hasta los flujos ecológicos, pasan a ser
considerados mercancías, donde operarán las reglas comerciales, y para colmo
esos procedimientos quedarán condicionados por las acciones de empresas
extranjeras. Varios casos que han tenido lugar en el TLCAN alertan sobre esas
implicaciones, siendo uno de los más conocidos aquél en que una empresa
estadounidense demandó al gobierno mexicano por haber éste impedido habilitar
una planta de tratamiento de residuos en Potosí. Ése y otros casos son
dirimidos por comités de arbitraje comercial sin ninguna intervención de las
autoridades ambientales o de los poderes judiciales nacionales. Incluso pueden
ir más allá de la soberanía nacional: Ethyl Corp., de EU, demandó al
gobierno canadiense rechazando la prohibición sancionada por su parlamento de
usar un aditivo de la gasolina que era cancerígeno. La empresa ganó el caso,
recibió 13 millones de dólares, y Canadá
tuvo que sufrir la humillación de emitir un comunicado público
indicando que la sustancia no era riesgosa, debiendo reformar su propia
normativa nacional.
Éstos y otros ejemplos muestran que el Alca es mucho más que un
acuerdo comercial y que determinará no sólo nuestras políticas ambientales,
sino que también afectará nuestra propia soberanía.