El agua es el elemento más importante para la vida, pero hace tiempo dejó de ser un recurso abundante y de fácil acceso en el mundo, convirtiéndose en una mercancía preciada y cara pero destruida excesivamente. Desde la perspectiva de la sobrevivencia humana resulta más estratégica que el petróleo. Su dominio nacional y mundial suscita disputas y grandes negocios que involucran regiones de países, gobiernos y empresas privadas nacionales y mundiales, y su control es parte de las estrategias globales de acumulación de capital.

Costa Rica no está al margen de los conflictos por el agua, a pesar de que las expresiones sociales, políticas y económicas de los mismos están apenas aflorando. De cara al complejo panorama social que ya se avizora en nuestro país en función del agua, creemos necesario tratar tres aspectos del problema: la carencia de planificación para la producción de agua, su explotación energética y la inequidad en el pago por este recurso.

Planificación para la producción

“Producir” agua puede resultar un término extraño, por tratarse de un recurso que hasta hace poco tiempo era de fácil acceso. Pero la escasez de agua como problema global obliga a comprender que ésta corre el riesgo de inminente agotamiento. Entendemos por producción de agua todas las acciones encaminadas a proteger y recuperar todas las áreas vitales para la existencia del agua, como zonas de filtración, áreas de recarga acuífera, nacientes, ríos, quebradas, riachuelos, etcétera. Comparativamente, el agua se produce igual que cualquier otro producto de la tierra, y la condición para que exista es la sobrevivencia de los bosques y la protección de las áreas indicadas. La desaparición de bosques significa la liquidación de la producción de agua.

A pesar del riesgo inminente, que se manifiesta en racionamientos de agua cada año más frecuentes y prolongados en todo el país,  no se cuenta con planificación para asegurar la producción de agua a mediano y largo plazo. Éste es un asunto que ni siquiera está en la agenda nacional.

Los proyectos relacionados con agua se  han ocupado fundamentalmente del acceso entendiendo por esto su distribución en las comunidades y caseríos. Por esta razón, la preocupación principal fue, y sigue siendo, la construcción de acueductos. La visión de solo los tubos no permite frenar gravísimos problemas como el agotamiento de las fuentes de agua cercanas a las comunidades, debido a que el inadecuado uso de la tierra conduce a la desprotección parcial, y en la mayoría de los casos total, de las áreas de nacientes y de recarga acuífera. Como consecuencia, cada día son más las comunidades que deben construir acueductos desde lugares lejanos, con inversiones cada vez más elevadas y, como efecto directo, presiones al aumento del precio del agua.

El control de la calidad del agua, si bien es un asunto esencial, ocupa un segundo puesto de atención, y se realiza sobre el supuesto de la existencia per se del agua. En todo caso, las acciones del Instituto de Acueductos y Alcantarillados (AyA), municipalidades y las asociaciones que controlan los acueductos rurales (asadas) en esta materia no cumplen su objetivo. Los resultados del análisis de una muestra de 2.033 acueductos analizada por AyA en el año 2000, indica que 990 no son potables [ICAyA. 2000. Situación de cobertura y calidad del agua para consumo humano en Costa Rica.AyA. San José].

El privilegio en la distribución y la calidad del agua responde a una visión en que se la considera como un recurso natural inagotable, de ahí que los entes involucrados en su manejo no pongan la atención en la producción de la misma, que es el problema estratégico fundamental. Las gestiones de distribución, administración, control de  calidad, etcétera, de las entidades relacionadas con el agua, dependen de si existe agua en cantidades suficientes para atender la demanda. La planificación de la producción del agua obliga a la protección de los bosques o parches de montañas en nacientes y áreas de recarga acuífera que constituyen las áreas vitales para su producción.

La protección del agua desde una perspectiva integral, es decir, que contemple como prioridad su producción, implicaría, entre otras medidas urgentes, una modificación del artículo 3 de la Ley Forestal, pues la definición de bosque como área de dos o más hectáreas, con más de 140 árboles de más de 15 centímetros de diámetro, con varios doseles, etcétera, excluye la mayoría de las áreas de las nacientes que abastecen de agua a comunidades enteras o a grupos de familias en todo el país. Según esta definición, son muy pocas las nacientes dentro de bosques, por lo que muchísimas acciones de destrucción de cuerpos de agua quedan impunes. Otro tanto ocurre con la flexible o nula aplicación del artículo 33 de la misma ley, que establece como área de protección de nacientes 100 metros de radio medidos horizontalmente.  

La importancia social de una naciente queda establecida, de hecho aunque no jurídicamente, desde el momento en que al menos una familia debe utilizarla como su única fuente de abastecimiento. La protección de nacientes y bosques asociados a la producción de agua debe ser irrestricta e ilimitada para que incluya los pequeños parches de bosque, o los terrenos que deberían someterse a recuperación. Paralelamente, se requiere decisión de parte de las autoridades nacionales como AyA, Minae, Ministerio de Salud, Ministerio de Agricultura, etcétera, para aplicar todos los extremos posibles de las leyes de Aguas y Agua Potable, Forestal, General de Salud y otras,  y asegurar criterios de ordenamiento territorial y uso adecuado del suelo en las áreas de producción de agua. Si las autoridades estatales asumieran liderazgo servirían de ejemplo para elevar el compromiso colectivo en las comunidades.  

También es indispensable la implementación de programas, o incluso pequeñas iniciativas, de información y educación dirigidos a los usuarios y usuarias. Las campañas contra el desperdicio de agua son necesarias, pero resultan infructuosas si no se atiende el problema de fondo que es la producción. Las acciones concretas como señalización, mojonamiento, cercado, limpieza, descontaminación y reforestación de nacientes y áreas de recarga acuífera son las más urgentes, pero también las que generan confrontación social, de ahí que las acciones de instituciones como el Minae, que debería ejercer un liderazgo claro, y de las mismas comunidades, sean tan débiles en este campo. Con adecuada dirección estas acciones son las que pueden garantizar el resguardo de las áreas de producción del agua, y sobre todo permitir la incorporación de las comunidades en la protección y recuperación del recurso hídrico. La reeducación debe enfilarse a que las personas establezcan relaciones positivas entre, por un lado, uso de la tierra para la producción y, por el otro, la protección de la naturaleza y especialmente de las áreas de producción de agua.

Explotación energética ilimitada

La planificación del uso del agua, de la cual carecemos en Costa Rica, es distinta de la planificación de la explotación del recurso hídrico para proyectos energéticos y productivos. Uno de los usos más intensivos del agua se da en la agricultura que, según el Banco Mundial, consume en  promedio 70% del agua dulce en la mayoría de los países, y hasta el 90% en algunos. Otro uso intensivo del agua en el mundo y en Costa Rica es la construcción de represas. Tanto el Banco Mundial, con créditos cercanos a los $4.000 millones por año para hidroeléctricas [International Rivers Network. 2000. Guardianes de los ríos. Sin lugar: 13], como el Banco Interamericano de Desarrollo, han financiado por décadas la explotación energética del agua, y si bien en algunos casos, como Costa Rica, la cobertura y calidad de la electrificación han sido amplias, otro resultado real es que los impactos sociales y los desastres ambientales no han sido repuestos.  El embalse Angostura, que detiene los ríos Reventazón, Tuis y Turrialba, es un claro ejemplo de falta de planificación y mitigación de impactos ambientales y sociales. Aun para proyectos en proceso no existen planes de manejo integral y mitigación de impactos, a pesar de que los estudios de impacto ambiental fueron aprobados.

En términos de protección del agua, la planificación de proyectos hidroeléctricos no implica protección del agua sino todo lo contrario. El escenario que se perfila en Costa Rica es que prácticamente todos los ríos corren peligro de ser represados. Existen decenas de propuestas de proyectos hidroeléctricos privados y, en cuanto al estado, el plan recomendado de generación eléctrica del Instituto Costarricense de Electricidad (Ice), 2001-2018, incluye 32 proyectos, muchos de los cuales suponen elevadísimos costos sociales, ambientales y culturales.

La falta de planificación para el uso y explotación del agua deja abierta la posibilidad de que prácticamente todos los ríos se conviertan en materia prima para la generación de energía, dejando de lado sus otras cualidades como recursos naturales y sociales. Tal es el caso de sobreexplotación de la cuenca del Sarapiquí, en la que existen ya ocho hidroeléctricas (dos estatales y seis privadas) y se proyecta ocho más. El Pacuare, considerado uno de los diez ríos más hermosos del planeta, todavía muestra los efectos negativos de las primeras incursiones con fines de explotación hace ya casi tres décadas. En los últimos años, las inversiones del Ice para diseño y planeamiento con miras a explotar este río con la construcción de cinco represas, fueron más altas que para cualquier otro proyecto: 1.032 millones en 1999 y 1.085 millones de colones en 2000 [Ice. 2000. Estados financieros y opinión de los auditores, al 31 de diciembre del 2000. Ice. San José]. Savegre es otra cuenca que puede estar en peligro inminente, pues ya hay millonarias inversiones en ella, y la comunidad nacional no ha sido informada sobre sus riquezas y valor ecosistémico. Su  potencial energético, de alrededor de 420 MW, en un contexto de apertura y liberalización del mercado energético nacional sería un excelente botín para empresas privadas locales y extranjeras. Las presiones en esta dirección están también claramente incluidas en el Plan Puebla Panamá, que eufemísticamente argumenta la necesidad de apertura y de encontrar “socios estratégicos” para la privatización y explotación de todos los recursos en manos nacionales y estatales. El fin último es la subasta de los recursos naturales, dentro de los cuales el agua y las áreas de producción de la misma son un blanco predilecto.

Una adecuada planificación del uso del agua realizada por el estado (con el agua privatizada sería imposible) implicaría salvar al menos algunos ríos, entre los que se debe incluir el Pacuare y el Savegre. Las inversiones en ellos deben enfilarse no a su destrucción y explotación, sino a convertirlos en patrimonio nacional y de la humanidad. Su protección total aseguraría salvar no solo los ríos sino las cuencas y subcuencas cuya agua está asociada a riquezas naturales, pero además a toda la vida social de las personas que habitan esas regiones. 

Inequidad y gestión desintegrada

Una visión integral del agua contempla su producción con ordenamiento territorial, calidad, acceso y distribución, control financiero y administrativo, pago por el servicio y, de manera esencial, participación ciudadana. En Costa Rica son varias las instituciones relacionadas con el agua: AyA, las asadas, los comités de acueductos, las municipalidades, las entidades privadas, la Contraloría General de la República, Aresep, Minae y otras. Teóricamente coordinan políticas y acciones, pero al no existir una visión integral del agua, priva más bien un enfoque administrativo y sobre todo comercial. La gestión conjunta e individual muchas veces se reduce a ejercicios administrativos como el aumento y cobro de tarifas y, como señalamos antes, a atender parcialmente la construcción de acueductos y la calidad del agua. Las asadas, los comités de acueductos y las municipalidades no reciben el apoyo necesario de los entes rectores nacionales para mejorar la calidad de sus servicios, ni cuentan con posibilidades financieras y técnicas propias para hacerlo. De ahí que la participación y compromiso de los usuarios y usuarias para proteger el agua en las comunidades sea prácticamente nula.

La carencia de planificación, en este caso relacionada con la inequidad social, permite que los mayores consumidores de agua como muchas industrias, hoteles e instituciones estatales, entre otros, exploten el agua gracias a concesiones que otorga el Minae y paguen desproporcionalmente menos que cualquier usuario domiciliar. Un aumento del agua, como el decretado en abril de 2002, para la mayoría de los 1.620 acueductos rurales del país, revela que no se cuenta en Costa Rica con una visión integrada del agua, que la rectoría del servicio se basa en un conjunto de leyes y reglamentos desarticulados, y que la fijación de tarifas tiene intencionalid política y de favorecimiento económico para reducidos sectores de la sociedad.

Los aumentos del precio de venta del agua sin una planificación orientada a la protección del recurso y a asegurar el acceso equitativo refuerza todo lo opuesto a los principios de acceso, solidaridad y equidad social que deberían regir. A falta de una verdadera coordinación e integralidad en el sector, y también por mantener ofensivos privilegios, persisten y siguen apareciendo nuevos casos de extrema inequidad: un hotel de cuatro estrellas que explota dos pozos de agua paga ¢22.000 mensuales (menos de un colón por metro cúbico), gracias a que el Minae le concesiona la explotación, sin restricciones de ningún tipo, de fuentes de agua subterráneas para mantener canchas de golf, piscinas, etcétera. (El conflicto vigente entre el hotel Meliá Conchal y la comunidad de Lorena, en Guanacaste, ilustra adecuadamente esta inequidad.) Según el Observatorio del Desarrollo de la Universidad de Costa Rica, si las empresas privilegiadas por el estado pagaran las tarifas como cualquier familia, su factura no sería menor a ¢11.000.000, pues el valor de un metro cúbico de agua para industrias es de ¢352. 

El cobro justo del agua puede implicar aumentos determinados con bases sociales y financieras serias pero, antes que eso, lo que se impone como prioridad en Costa Rica es una revisión completa de las condiciones en que opera cada una de las instituciones involucradas con el agua, pues de lo contrario ésta será cada vez más un instrumento de inequidad social y una mercancía sujeta al lucro y la concentración de riqueza. 

La planificación del agua implica la aplicación de cánones sociales y la superación de visiones limitadas a distribución y cobro de tarifas. Planificar el agua implica dilucidar una intrincada red de conexiones y fuertes intereses económicos y políticos nacionales e internaciones, empresariales y gubernamentales, que la sociedad costarricense debe conocer y discutir para asegurar la protección de este recurso estratégico.  

El enfoque comercial del agua hace razonables los cuestionamientos sobre la finalidad real de los aumentos tarifarios. Una revisión integral del agua requiere el pago justo entre todos los consumidores, diferenciando los empresariales de los domiciliares. La persistencia de la  inequidad lo que provoca es la institucionalización del privilegio de algunos grupos en detrimento de la mayoría de la sociedad costarricense. También se puede otear una forma indirecta de apertura y subasta del agua costarricense a favor algunos grupos reducidos e inversiones extranjeras, lo cual podría significar la desnacionalización del recurso. Sin un sistema tarifario equitativo cualquier aumento generalizado significa incrementar el subsidio de todas las comunidades rurales a entidades estatales y grupos privados privilegiados.

Como parte de la transparencia con que debiera discutirse en el país la problemática del agua, es urgente que la comunidad nacional conozca en detalle los resultados de una reciente consultoría financiada por la Organización Panamericana de la Salud para AyA. Ese estudio y el proyecto de ley para el manejo del recurso hídrico remitido por Minae a la Asamblea Legislativa, que contiene cláusulas para someter el agua a la explotación privada y la competencia, no auguran un futuro halagüeño para el agua como recurso de bien social.

Osvaldo Durán El autor, sociólogo, es presidente de la Asociación Proyectos Alternativos para el Desarrollo Social y secretario de la junta directiva de Fecon.

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