La cuenca del Pirrís constituye una unidad geográfica, ecológica, económica y cultural integrada por los cantones León Cortés, Dota y Tarrazú (818,52 km²). Esta subregión tiene grandes ventajas productivas gracias a la calidad y cantidad de su café, que ocupa el 35,5% de la tierra y promedia el 20% de la producción nacional exportable. Al territorio ocupado por café se suma -según estudios de Proal- un 28,4% cubierto de pastos. La actividad ganadera no alcanza altos niveles, por lo que el café se convierte virtualmente en un monocultivo alrededor del cual gira la economía local. La zona es “importadora” neta de la mayoría de los productos alimentarios de consumo general.

 La sobreexplotación del suelo (57% de la cuenca) ha dado resultados favorables desde el punto de vista económico, pero desde una perspectiva de desarrollo social y natural a largo plazo el panorama es grave. Los bosques primario y secundario cubren únicamente el 25.67% de la tierra, y de acuerdo a las condiciones del suelo y topografía, deberían ocupar más del 70% de la superficie. La sustitución de bosques y potreros por café es una constante en la vida económica de la región, y se da con independencia de las condiciones del mercado de este producto: con precios bajos se aumenta la siembra para compensar las rebajas, y si el precio es alto “para aprovechar las oportunidades”, según expresan los productores. La expansión productiva responde a las necesidades económicas de pequeñas fincas familiares que en su mayoría entregan menos de 50 fanegas de café por cosecha, y de grandes haciendas y productores de hasta 5.000 y más fanegas anuales, pero la actividad se convierte en un problema en contra de la misma población, cuando entra en competencia directa con los escasos recursos naturales que sobreviven, y particularmente con las fuentes de agua.

La oficina del Ministerio del Ambiente (Minae) en Los Santos atendió cerca de cien denuncias por tala, cacería y contaminación entre 1999 y 2000 (La Nación, 20-12-00: 14A), lo que constituye apenas una pequeña porción de los casos que se presentan en las comunidades. La acción más directa y comprometida la realizan muchas organizaciones civiles en las comunidades. Una parte de sus denuncias llegan al Minae, al Ministerio de Salud, a la Procuraduría General de la República, a los tribunales de justicia, a la Defensoría de los Habitantes, etcétera, y aunque esto constituye una medida extrema ante la destrucción y contaminación, la reparación de los daños resulta imposible.

Las exploraciones de Proal en los últimos años en 25 nacientes que abastecen de agua a comunidades, indican que ni una sola cuenta con un área de protección debidamente delimitada y en condiciones adecuadas de cobertura vegetal. Tanto los terrenos de protección de las nacientes (100 metros de radio medidos horizontalmente según la Ley Forestal, o 200 metros según la Ley de Aguas), como las áreas de recarga acuífera, en su mayoría están cubiertas por café o potreros. Muchas tomas de agua se localizan directamente en cafetales, lo que a simple vista evidencia que recogen los residuos de los agroquímicos utilizados en el cultivo.

La recuperación y la conservación de bosques asociados con nacientes tienden a ser más difíciles dado que muchos terrenos localizados a alturas cercanas y hasta superiores a los 2.000 msnm, que hasta hace pocos años se mantenían en estado natural, ahora están siendo sembrados. No solo se trata de una fuerte presión económica para forzar la frontera agrícola, sino además de un claro indicador de cambio de clima en la región, lo cual estaría vinculado con el sobrecalentamiento global. La suma de estos elementos genera mayor vulnerabilidad en todos los ecosistemas y el agua. Las nacientes conservadas al menos parcialmente con charrales, tacotales y bosques primarios, se localizan en terrenos sumamente quebrados o a alturas que no permiten las actividades agropecuarias.

En la actualidad los efectos sociales, productivos y ambientales de estas prácticas de uso de la tierra son alarmantes y colocan a todas las comunidades ante la inminente amenaza de inseguridad social y económica. El diagnóstico a simple vista evidencia, entre otros efectos, pérdida creciente de árboles aislados y de bosques; erosión severa del suelo fértil, mucho del cual literalmente ya se perdió; uso de las quemas como técnica de limpieza de terrenos, que en la mayoría de los casos salen del control de los responsables; focos de contaminación de nacientes, pequeñas quebradas y ríos, y construcción de caminos privados que provocan talas e incrementan la erosión de los suelos. Estas prácticas no solo agotan la tierra, sino que destruyen la biodiversidad y particularmente los reductos de bosque, a los que se asocia la producción de agua en las comunidades.

En la relación entre producción agrícola, bosques y agua, el primer efecto negativo para la economía es que las escasas prácticas de conservación de suelos no compensan su destrucción, y por tanto su pérdida significa la liquidación del recurso productivo más importante. La respuesta de los productores, que consiste en aplicar dosis cada vez más altas de insumos agroquímicos, no solo contamina, sino que induce a una escalada sostenida de los costos de producción. Ya sea por deslizamientos, infiltraciones o exposición directa de las fuentes de agua a los agroquímicos, su contaminación es severa en muchas comunidades.

A los costos económicos inmediatos y a largo plazo, se suman los efectos negativos para la salud. Las comunidades de la cuenca del Pirrís ocupan uno de los primeros lugares en Costa Rica en incidencia de padecimientos y muertes por enfermedades del sistema digestivo, como el cáncer, con un registro de muertes que ya incluye niños y niñas (según el Área de Salud Los Santos), lo cual estaría directamente relacionado con la mala calidad del agua y el consumo de alimentos contaminados, muchos de los cuales se producen en Cartago, otra de las regiones con más altas estadísticas de cáncer gástrico en el país. 

La contradicción entre desarrollo productivo y recursos naturales es un resultado de décadas de orientaciones equivocadas que propiciaban la explotación de la tierra y no contemplaban su cuidado. La recuperación de la región que se impone ahora no implica frenar la producción. Tampoco significa que sea imposible producir sin la conservación de los suelos y la naturaleza. Se trata de implementar técnicas productivas que permitan tanto la seguridad económica como la salud que está directamente vinculada con el respeto, la conservación y la recuperación de los suelos, parches de bosque y fuentes de agua.  La cuenca es un ejemplo clarísimo de desarrollo productivo, pero también de cómo éste se ha ido convirtiendo en un agente de deterioro de la calidad de vida. En términos de la sobrevivencia de la región, la producción deberá orientarse hacia sistemas que aseguren no solo rentabilidad, sino además protección de la naturaleza y, en términos concretos, esto significa fijar el cuidado del agua como prioridad.

El trabajo de recuperación de la cuenca evidencia que la falta de información y conocimiento técnico en las comunidades sobre los problemas de destrucción de la biodiversidad, bosques y agua, es un obstáculo determinante para que las personas asuman compromisos con la tarea de proteger la naturaleza. Hasta hace apenas unos años se aceptaba la destrucción de los bosques y los ecosistemas como un supuesto normal, y  hasta obligado, para la expansión productiva. La discusión sobre los problemas ambientales y sociales asociados a la producción puso en evidencia los efectos negativos de éste, y planteó el mandato de "reparar" la naturaleza simultáneamente al desarrollo de la producción. Éste es un proceso complejo que en Pirrís está permitiendo la participación de muchas personas y organizaciones sociales.  

Los esfuerzos de varias organizaciones civiles de la cuenca están orientados a crear una visión y una práctica constructivas respecto de la relación entre expansión productiva, salud humana y conservación de la biodiversidad, pues de lo contrario se continuará avanzando hacia la inseguridad social y económica. Las acciones incluyen tareas de información, investigación científica, inspecciones de campo, señalización de nacientes y áreas de recarga acuífera, reforestación, etcétera. El trabajo conjunto propicia la incorporación directa de comunidades en la tarea de proteger y conservar el agua, y refuerza alianzas locales entre civiles, algunas empresas privadas y muchas escuelas. Todas las iniciativas locales están orientadas a crear una visión constructiva sobre la necesidad social de protección de la naturaleza; no solo de la flora y la fauna, sino de todos los recursos de la tierra, iniciando por el suelo, que es de hecho el recurso más explotado en las comunidades.

Los estudios técnicos de Proal sobre uso y conflicto en el uso de la tierra, y exploraciones sobre biodiversidad, indican que es indispensable conservar y proteger toda la cobertura boscosa existente para asegurar la conservación de la naturaleza y las fuentes de agua para las comunidades. La protección de esos bosques sería además la única garantía para que sobrevivan los ecosistemas de las siete zonas de vida que aún se localizan en la cuenca.

Osvaldo Durán. El autor, sociólogo, es presidente de la Asociación Proyectos Alternativos para el Desarrollo Social (Proal) [osvaldod@cariari.ucr.ac.cr].

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