El araçá-boi, o arazá, es una planta originaria de las selvas húmedas de la Amazonia occidental, encontrándose principalmente en plantaciones naturales en la Amazonia peruana, especialmente en la cuenca inferior del río Ucayali. Aunque ha sido utilizada y casi domesticada desde tiempos inmemoriales por los nativos de la Amazonia, apenas en enero de 1930 fue colectada y herborizada por G. Klug en Loreto, en la población de Mishuyacu, cerca de Iquitos -Perú-, y las colecciones enviadas al Field Museum of Natural History de Chicago, donde en 1956 el Dr. Roger McVaugh la describió como una especie nueva para la ciencia con el nombre de Eugenia stipitata McVaugh de la familia de la Mirtáceas, o sea, prima de la guayaba, el cas y el güisaro.

Este frutal de la selva se caracteriza por ser un arbolito o arbusto pequeño, que alcanza hasta 3 m de altura. Las hojas son simples, opuestas, de forma elíptica; la lámina está ligeramente cubierta por pubescencia, con la nervadura muy sobresaliente por el envés. La dimensión de las hojas varía entre 8 y 14 cm de largo por 3 a 6 cm de ancho. Las flores se encuentran tanto solitarias como en grupos de cuatro, con cuatro pétalos blancos y alrededor de 100 estambres, y es polinizada por las abejas.

La producción de frutos en plantas adultas se da todo el año, ya que la planta tiene simultáneamente flores y frutos, aunque existen períodos de mayor cosecha: de octubre a enero y de abril a junio. Los frutos son redondeados, hasta de 10 cm de diámetro y con un peso entre 200-600 g. No es de sorprenderse que el arazá pueda producir entre 20 y 30 toneladas de frutos por hectárea.

Habiendo sido introducida hace algunos años en Costa Rica, y pudiéndosele observar actualmente en algunos huertos familiares, principalmente en la zona del Caribe, sin duda lo que más impresiona cuando se le ve por primera vez es que siendo un arbolito tan pequeño produzca flores y frutos -precocidad, ésta, conocida como neotenia. Esta característica tan inusual permite que el arazá empiece a producir frutos a los 12 meses de ser transplantado. No es de extrañar que si las plantas están nueve meses en el vivero y se trasplantan con éxito en un suelo de buena fertilidad, empiecen a fructificar a los 10 meses del trasplante.

Es importante resaltar que esta especie se desarrolla bastante bien a pleno sol o en semisombra, por lo que puede utilizarse en sistemas de cultivos mixtos (agroforestales), mezclándola, por ejemplo, con laurel, pejibaye, jengibre u otros cultivos afines. Además se desarrolla bien en suelos ácidos de baja fertilidad, y se adapta bastante bien a suelos con alta saturación de aluminio y bajos niveles de fertilidad, aunque crece mejor en suelos bien drenados.

Dado su alto porcentaje de pulpa (70%), se puede utilizar para combinar con otros frutales. Por su sabor y aroma tiene gran potencial para las industrias de jugos, néctares, helados, cócteles y vinos. También tiene buen potencial para la extracción de sus principios aromáticos, por su olor muy agradable y exótico, por lo cual podría ser utilizada en la industria de perfumes. Su valor nutritivo es muy semejante al de la naranja, con excepción del contenido de vitamina C, que es más del doble en el arazá.

Sin lugar a dudas, este fruto de la selva, como en el pasado ocurrió con el mango, el aguacate, el zapote, el cas, el maracuyá y otros, serviría para fortalecer la economía y la calidad de vida en nuestras zonas rurales. Su precocidad en iniciar la producción, su alta productividad, su poca estacionalidad de cosechas, su alto porcentaje de pulpa y su valor nutricional, así como su adaptación en suelos ácidos de baja fertilidad, son factores que facilitarían el desarrollo de este cultivo en nuestro Caribe.

Factores nutricionales del arazá

Ácido ascórbico

74,0

Cal

39,8

Calcio

0,19

Carbohidratos

89,0

Caroteno

0,4

Fibra

6,07

Fósforo

0,09

Grasa

2,0

Hierro

87,0

Magnesio

0,10

Manganeso

13,0

Pectina

3,4

Potasio

2,15

Proteína

10,1

Vitamina A

7,75

Vitamina B1

9,84

Vitamina C

74,0

Zinc

11,0

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


El autor, biólogo, es profesor e investigador en la Universidad Nacional.

 

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