
Las guerras de los últimos años, desde la del Golfo hasta la de Palestina, han demostrado que ya se ha superado el estorbo de los derechos humanos: ese desagradable obstáculo para la política imperial. Después de la del Golfo, la defensa de los derechos humanos se ha transformado en un acto subversivo en contra del que está incluso la opinión pública. El movimiento de paz ha sido señalado como el verdadero peligro, y quien está a favor del respeto de los derechos humanos y de la paz es denunciado como partidario del terrorismo.
Ha aparecido una forma de información que sólo aparentemente es información directa y que se practica por espejismo. En los países del socialismo histórico, para saber lo que la censura suprimía había que aprender a leer entre líneas, pero frente a nuestros medios de comunicación es de poco sirve, lo que hace falta es leer espejismos. La imagen en el espejo es solamente una imagen de la realidad si se sabe que la imagen es un espejismo. Por tanto, hay que derivar indirectamente de la imagen en el espejo la realidad, que en el espejo aparece invertida. En el espejo se ve la realidad solamente de manera virtual, no directa. Si se toma la imagen en el espejo como la realidad, la realidad se escapa completamente. Ni aparece. En vez de ver la realidad, uno ve solamente monstruos. Sin embargo, de estos monstruos hay que derivar lo que es la realidad detrás. También esta realidad puede ser monstruosa. Pero los monstruos que aparecen en el espejo no son los monstruos que existen en la realidad, sino sólo sus imágenes invertidas.
Cuando se proyecta el monstruo en Noriega, Noriega es transformado en el jefe del centro mundial del tráfico de drogas, en el máximo dictador sangriento; y si desaparece, el tráfico de drogas sí podrá ser combatido y la democracia estará segura en el mundo. Hoy el monstruo Noriega de nuevo se ha reducido a sus dimensiones reales y normales. Ha sido un dictador corriente, que en el tráfico mundial de drogas no era más que una figura de tercera categoría, que además logró esta posición por medio de la policía anti-droga del gobierno norteamericano. ¿Ha sido esta proyección del monstruo un simple bla-bla, o significaba algo real? Ciertamente, no dice gran cosa sobre Noriega, pero ¿sobre quién podría decir algo? Cuando el presidente Bush (padre) decía sobre Hussein que era un nuevo Hitler, que había montado el cuarto ejército más grande del mundo amenazando con conquistar toda la Tierra, él proyectaba un monstruo en Hussein. Hoy, que éste también ha sido reducido a dimensiones mucho más pequeñas y se ha visto su ejército indefenso frente a la fábrica de muerte que el ejército de EU montó al lado de su frontera, aquella proyección de Hussein no nos dice mucho sobre él. En el último tiempo el monstruo se llamó Bin Laden, señor de una conspiración terrorista mundial omnipresente. Sin embargo, igualmente se ha desinflado y ya se habla apenas de Afganistán. Parcialmente lo sustituye Arafat, y se vuelve a resucitar a Hussein como monstruo parte de un "eje del mal".
Todos estos monstruos van pasando, dándole la mano uno a otro. Pero el camino por el cual aparecen designa el blanco de la fábrica de muerte que lucha contra ellos. Es una fábrica de muerte que aparece con el ataque a Libia en los años ochenta y con la invasión de Panamá en 1989, y con todo su potencial destructivo se hace presente en la guerra del Golfo. Es una fábrica de muerte tan perfectamente móvil como las fábricas de maquila en el Tercer Mundo. Después del Golfo se movió a Serbia, destruyéndola; después a Afganistán, dejando detrás una tierra quemada. Ahora aparece, aunque cambiada, en Palestina, para producir también allí muerte y desolación. El Tercer Mundo tiembla y nadie sabe bien adónde se desplazará -podría ser a Irak o a Colombia, o incluso a China o a Rusia… Los momentos de baja de la Bolsa de Valores de Nueva York son momentos predilectos para el funcionamiento de la fábrica de muerte móvil. Cuando empieza a producir muertos, la Bolsa empieza a vivir (ésta es un Moloc que vive de la muerte de seres humanos).
Es evidente que hacen falta monstruos para legitimar el funcionamiento de esta fábrica de muerte. Estos monstruos tienen que ser tan malos que la fábrica de muerte se haga inevitable y única respuesta posible. Pero como solamente hay adversarios, que de ninguna manera son monstruos, se produce monstruos para proyectarlos en ellos y así dar aceite a la fábrica de muerte. Hoy se está visiblemente construyendo un supermonstruo, una Hydra, cuyas cabezas son estos monstruos del momento. Se corta las cabezas y a la Hydra le nacen nuevas. La fábrica de matar tiene que perseguirlas para cortarlas también. La manera de referirse a estas masacres -"liquidar", "eliminar", "extirpar", "exterminar"- revela lo que son, es el lenguaje de todas las fábricas de muerte del siglo XX.
Se trata hoy de la construcción de una conspiración mundial terrorista que actúa por todos lados y en cada momento, pero cuando su cabeza se levanta lleva un apellido solamente: Hussein, Milosevic, Bin Laden… Estas conspiraciones monstruosas son del siglo XX. En la primera mitad, la Ojrana, policía secreta de la Rusia zarista, construyó el monstruo de la conspiración judía, que dominó ese período. Y en la segunda mitad, a partir de la II Guerra, imperó la conspiración comunista, antes considerada parte de la conspiración judía mundial en tanto "bolchevismo judío". Una conspiración parecida se construyó en la Unión Soviética: la trotzkista. Terminada una conspiración, el poder necesita otra para poder desenvolverse sin límites y sin ser amarrado por algunos derechos humanos. Y ya se empieza a incluir en esta conspiración terrorista mundial el movimiento de los críticos de la globalización (expresados desde Seattle hasta Porto Alegre). La construcción de estas conspiraciones mundiales es la ola de fondo de la constitución de todos los totalitarismos modernos, necesarios para poder sostener la política del mercado total, sobre la cual se basa la actual estrategia de acumulación de capital llamada globalización. Sin embargo, monstruos de este tipo no se puede matar (según el mito griego, por cada cabeza que se le corta a la Hydra le nacen siete nuevas), sino que hay que disolverlos: tomando conciencia del hecho de que son simples proyecciones y asegurando un mundo justo.
Estas proyecciones de monstruos no nos dicen nada o casi nada de aquellos a quienes se les imputa la monstruosidad, pero sí mucho de quienes las elaboran. El análisis de la proyección revela la realidad desde la cual el monstruo es proyectado. Y siempre a ese tipo de proyección subyace la idea de que para luchar contra el monstruo hay que hacerse monstruo también, de que frente al monstruo todo es lícito (Napoleón decía: "Para luchar contra el partisano hay que hacerse partisano también"). De esta manera, quien hace la proyección del monstruo resulta ser él mismo un monstruo que no conoce límites, pero mientras uno no lea la imagen del monstruo como una imagen en el espejo, el autor de la imagen -ese monstruo original- permanece invisible. En realidad, la monstruosidad de cada uno se conoce a partir de las proyecciones que ese uno hace acerca de la monstruosidad de otros, y no de las proyecciones monstruosas que se hacen sobre uno. A través de la proyección se consigue que las manos del autor de ésta ya no estén atadas por ningún derecho humano. Y eso es el único monstruo que cuenta y del cual hay que tener miedo: aquél que declara que en nombre de sus metas no tiene que respetar ningún derecho humano.
Mientras la información directa es casi arbitrariamente manipulable, la información que se da vía imagen en el espejo no es manipulable, pero hay que saber leerla. Posiblemente, desde ambos lados en lucha se hace la proyección mutua del monstruo, uno frente al otro. Ambos, por tanto, se hacen monstruos para luchar en contra de su respectivo monstruo. Pero, sin embargo, eso no significa que ambos tengan razón. Al contrario, ahora ninguno la tiene, aunque ambos se transforman en monstruo para poder luchar. Porque la proyección polarizada es la creación mutua de la injusticia en nombre de la justicia, que actúa por ambos lados de manera igual. Nunca es cierta, ni siquiera en el caso en que el otro, en el cual se proyecta el monstruo, sea realmente un monstruo. La mentira es un producto del mismo mecanismo: hacerse monstruo para luchar en contra del monstruo; la razón de la lucha desemboca en la sinrazón (Goya dice: "El sueño de la razón produce monstruos").
