Costa Rica es uno de los países más avanzados en Centro América con respecto a la protección de los recursos naturales a través de la creación de áreas protegidas. Muchas de éstas fueron creadas como respuesta a la necesidad de salvar el último remanente de una especie o ecosistema en una zona especifica del país. Por ejemplo, el Parque Nacional Manuel Antonio fue creado entre otras cosas para proteger el mono tití (Saimirí oerstedi citrinellus), una subespecie endémica del país; Corcovado para proteger el último parche de bosque húmedo tropical de la costa pacífica de Centroamérica y su increíble biodiversidad; Santa Rosa para proteger el último remanente de bosque seco tropical de Centroamérica, etcétera. Es apenas desde hace poco tiempo que los científicos se preguntan si la mayoría de las áreas protegidas de Costa Rica llenan los requerimientos mínimos para conservar especies como el jaguar (Panthera onca), la danta (Tapirus bairdii) y otras, que necesitan grandes extensiones de terreno para sobrevivir y que de paso han desaparecido de la mayor parte del país.

Si bien es cierto que tenemos una gran parte de nuestro territorio bajo categorías de conservación y manejo como parques nacionales, reserves biológicas, refugios de vida silvestre, etcétera, también es cierto que la mayoría de esas áreas son muy pequeñas para mantener los procesos ecológicos originales que se daban antes de ser aisladas por los cambios de uso de la tierra. La mayoría de la gente en nuestro país piensa que con mantener esas áreas protegidas estamos asegurando la conservación de los recursos que en ellas se encuentran, y usan como ejemplo que en los últimos años se ha notado un aumento en la cantidad de reportes de animales silvestres que se avistan en campos de cultivo, potreros o áreas suburbanas limítrofes con áreas boscosas. Se realiza un razonamiento que podría ser equivocada: si hay animales saliendo de las áreas boscosas es que sus poblaciones son abundantes y el esfuerzo de conservación en el área ha sido positivo -lo que se refleja en el aumento de avistamientos. Así, han aumentado los reportes de jaguares depredando ganado en zonas como la Península de Osa, La Amistad, Caño Negro, etcétera; de venados (Odocoileus virginianus) en los campos de cultivo de frijol en Guanacaste; de dantas cerca de pueblos en los límites del Parque Nacional Braulio Carrillo, etcétera. Sin embargo, las razones para el aumento de observaciones de animales silvestres fuera de zonas boscosas pueden ser otras, basadas principalmente en tres factores que también se han intensificado en los últimos años en nuestro país: (1) la destrucción de hábitat, (2) la presión de la cacería sobre algunas especies y (3) el crecimiento de poblaciones de algunas especies.

Destrucción de hábitat. Cuando menciono la destrucción de hábitat me refiero a la deforestación de los pocos bosques que aún quedan fuera de áreas protegidas como parques nacionales o reservas biológicas (aunque algunos de ellos están dentro de otra categoría de manejo, las reservas forestales). Un caso interesante para presentar aquí es el de la Península de Osa, que en los últimos años ha sufrido una deforestación sostenida en la Reserva Forestal Golfo Dulce. En Osa, hace ocho o diez años teníamos una continuidad de bosque que incluía el Parque Nacional Corcovado, la Reserva Indígena Guaimí, la Reserva Forestal Golfo Dulce, el Parque Nacional Piedras Blancas y el Refugio de Vida Silvestre Golfito. Esta área sumaba aproximadamente 110.000 ha, que como dije anteriormente han disminuido substancialmente en los últimos años. Este bloque de bosque permitía al jaguar, a la danta, al puma (Puma concolor), al chancho de monte (Tayassu pecari) y a otras especies de mamíferos grandes y medianos tener una extensión de bosque suficiente con poblaciones viables a mediano plazo. Esto implica que estas especies tenían un área suficiente para cubrir sus necesidades básicas en cuanto a disponibilidad de recursos y cobertura y que con la fragmentación del bosque disponible, por efecto de la deforestación, el espacio disminuyó y muchos individuos se vieron forzados a usar hábitats secundarios para cubrir sus necesidades básicas. Un ejemplo clásico es el chancho de monte, especie en la que algunos grupos de individuos hacen una migración local anual fuera del Parque Nacional Corcovado. Durante este viaje, los grupos pueden inclusive cruzar por pueblos como Rancho Quemado, donde la gente aprovecha para cazarlos en masa. Esta migración anual de los chanchos hacia afuera del Parque puede ser un indicativo de que Corcovado no posee todos los requerimientos que necesitan los chanchos para conservarlos a mediano o largo plazo, y que hay áreas importantes fuera del parque para su conservación que deberían ser tomadas en cuenta en el futuro.

Presión de cacería sobre algunas especies. Esto está sucediendo con mucha frecuencia en nuestro país. La mayoría del bosque remanente en Costa Rica está dentro de áreas protegidas, fuera de las que casi no existe bosque y, cuando lo hay, está prácticamente defaunado por la cacería. Como consecuencia de lo anterior, se ha incrementado la cacería ilegal de fauna dentro de áreas protegidas. Un buen ejemplo que ha sido documentado es también el del Parque Nacional Corcovado, donde la cacería de chancho de monte, tepezcuintle y otras especies importantes como fuente de proteína animal ha aumentado en los últimos años. Obviamente, la caza de estas especies disminuye el alimento disponible en el área para especies como jaguares, pumas, ocelotes (Leopardus pardalis), etcétera. Al disminuir la disponibilidad de alimento, los individuos de estas especies deben buscar cubrir sus necesidades básicas, por lo que terminan generalmente saliendo de las áreas silvestres y depredando ganado vacuno, aviar o porcino y constituyéndose en "especies plaga", aunque en realidad son especies en peligro de desaparecer que responden a la falta de recursos básicos para su sobrevivencia.

Crecimiento de poblaciones. En algunos casos, la observación de animales silvestres fuera de áreas boscosas está relacionada con el crecimiento de sus poblaciones. Tal es el caso de la danta en el Parque Nacional Braulio Carrillo. Un hábitat tiene una capacidad máxima -o sea, "capacidad de carga"- para albergar un número x de individuos de esa especie. Cuando en un área protegida se alcanza la capacidad de carga, los individuos nuevos que deberían incorporarse a la población no encuentran espacio para hacerlo, lo que produce que se dispersen en busca de ese espacio. Al haber limitaciones en el tamaño del hábitat de las áreas protegidas, muchos individuos terminan saliendo de las áreas boscosas y utilizando habitats de menos calidad. Estos animales son generalmente jóvenes que buscan un espacio y quizá sea la explicación para las dantas que se han observado cerca de poblados ubicados en los alrededores del Parque Nacional Braulio Carrillo.

Otro caso interesante es el del Parque Nacional Manuel Antonio, en el que, con una extensión de solo 683 ha en la parte terrestre, han desaparecido los principales depredadores de este tipo de bosque (jaguares, pumas, ocelotes, etcétera), produciendo que especies como la de los mapaches (Procyon spp) sean mucho más abundantes que en otras áreas donde todavía se encuentran aquellos depredadores. Los mapaches, además, son una especie que se adapta muy bien a la presencia del ser humano; han aprendido a alimentarse de restos de comida que la gente deja en la basura o descuidadamente en las áreas de almuerzo de esa área protegida. Consecuentemente, el hecho de que los mapaches en esta área tengan una fuente de alimento natural, otra fuente de comida artificial (basura y restos de comida) y falta de depredadores naturales, ha producido que las poblaciones de estos animales hayan crecido más de lo esperado si lo comparamos con un bosque de este tipo que sea "ecológicamente saludable". Ahora es posible observar los mapaches en las noches fuera del Parque visitando los basureros de los restaurantes que se encuentran en los alrededores.

Es importante hacer notar que la capacidad de carga de un sitio puede cambiar de un año a otro o de una estación a otra y depende de la disponibilidad de recursos en esa área. Esto implica que a veces la observación de fauna fuera de áreas boscosas también puede estar relacionada con una época de año en que hay mucha lluvia, o poca disponibilidad de alimento, o es la época de cría, etcétera.

En resumen, la observación de fauna silvestre en zonas no boscosas podría ser un indicador de una buena protección de las áreas boscosas para algunas especies, como los ungulados, o como un indicador de problemas de conservación para otras especies, como los depredadores. En realidad, se hace necesario estudiar para cada caso particular los factores que han provocado que individuos de una especie abandonen o estén utilizando áreas fuera de las áreas boscosas.


El autor, especialista en manejo de fauna silvestre, es profesor e investigador en la Universidad Nacional [ecarrill@racsa.co.cr].

 

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