Hoy quiero compartir dos recetas del ancestral y delicado arte culinario que enriquece las mesas de los campesinos de Ciudad Colón, Puriscal, Península de Osa y otras áreas circunvecinas, ambas con base en hojas de zorrillo.

El zorrillo, una Solanaceae -Cestrum racemosum Ruiz & Pavón-, es un árbol que se extiende fitogeográficamente desde México hasta Brasil. Alcanza hasta 12 m de alto. En nuestro país se halla en regiones húmedas en el Valle Central, San Ramón, Monteverde y en ambas vertientes. Las ramitas son puberulentas o glabras, es decir, tienen generalmente unos pelillos muy pequeñitos; las hojas son corto-pecioladas, de lanceolado-elípticas a ovalado-lanceoladas, de 7 a 21 cm de largo y de 2 a 7 cm de ancho, muy delgadas, largo-acuminadas, generalmente redondeadas en la base y glabras o puberulentas. Las flores brotan en panículas sésiles poco numerosas, en las axilas de las hojas, de cáliz de 2 a 4 mm de largo dividido en el ápice en cinco dientes cortos; la carola es verdusca de unos 15 mm de largo con cinco estambres que no sobresalen de la carola y tienen el pistilo con estigma plano; los frutos pasan de verde a blanco y terminan siendo negro-púrpura cuando están  completamente maduros; contienen numerosas semillas rodeadas de pulpa dulce; son abovoides o elipsoides y miden de 6 a 8 mm de largo, y son muy apetecidas por las aves.

Las hojas de zorrillo se comen cocinadas, pero también se pueden ingerir crudas en caso de emergencia, siendo entonces más amargas. Así, por cierto, las comimos en media selva en lo que es hoy el majestuoso Parque Nacional Corcovado, en una gira de estudio previa a la declaratoria de constitución de éste, junto con Mario Boza, quien era director del Servicio de Parques Nacionales, y los profesores Christopher Vaughan y Adelaida Chaverri. Recuerdo que íbamos exhaustos y hambrientos y Feiner, nuestro maravilloso baquiano, nos mostró y recomendó comer tales hojas, y así aplacamos el hambre. Feiner era “coligallero”, es decir, se dedicaba a sacar muy artesanalmente poquitos de oro de ríos para obtener lo imprescindible para vivir, y era un verdadero Tarzán, un enamorado de la naturaleza, un verdadero guía de campo, un acucioso y nato naturalista, tocado por la llama sagrada y ungido por los dioses de la selva; de hecho, apenas se declaró parque nacional Corcovado, Feiner fue contratado como guardaparques. En esa misma gira pasamos donde Rubí, otro “coligallero” que tenía zorrillo sembrado en su jardín a orillas del río Sirena; vivía en un ranchito techado con hojas de suita -Calyptrogyne Ghiesbreghtiana-Arecaceae-, acompañado de una preciosa chisbala o gran lagartija negro-azulada iridiscente, que a las 5 de la tarde llegaba a dormir en un frasco de vidrio a la orilla de su tabanco y que muy de madrugada salía. Y vivía también con los peces, sus amigos dilectos, con quienes por la mañana compartía su gallopinto, dándoles de su misma mano, luego de llamarlos golpeando el plato con la cuchara en la pura orilla del río, y hasta los acariciaba. Desde luego Rubí llegó a ser otro mítico guardaparques.

Así, pues, el zorrillo puede prepararse de las siguientes maneras: (1) Se cocinan las hojas picadas en agua, se bota ésta y se escurre las hojas y se les cocina con cualquiera de las siguientes plantas: guineos o bananos verdes –Musa-, yuca –Manihot esculenta-, tiquisque -Xanthasoma spp.- o cualquier otra verdura u hortaliza, pudiéndosele añadir huevos o carne –aunque cuanto más vegetariano más saludable, más energético, más enriquecimiento del aura y más en armonía con el todo. (2) También se puede soasar o somagar unas hojas en aceite caliente, agregándoles un poquito de sal y luego envolviéndolas en una tortilla.

Con los compañeros del Centro de Investigación en Productos Naturales, de la Universidad de Costa Rica, colectamos hojas de zorrillo en Sarapiquí en una gira en la que iban Víctor Castro y J. Jakupovic -éste del Instituto Técnico de Berlín-, con quienes hemos compartido muchas investigaciones, y luego en laboratorio no se determinó ninguna sustancia tóxica -esta familia de plantas es famosa por la cantidad de alcaloides y otros metabolitos secundarios altamente venenosos. Sin embargo, vale la pena que el Centro de Investigación en Tecnología de Alimentos, de aquella misma universidad, le haga un estudio proximal, de digestibilidad y palatabilidad, para saber su verdadero valor nutritivo.

Literatura consultada

León, J. y L. Poveda. 2000. Nombres Comunes de las Plantas en Costa Rica. Editorial Guayacán. San José.

Standley, P. C. 1937-1938. “Flora of Costa Rica”, en Field Museum of Natural History. Publications Botanical Series,18.

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