En octubre de 2001 se hizo entrega oficial de los documentos de la Fase I del Plan Nacional de Desarrollo Urbano (PNUD), que comprenden una visión y un modelo de desarrollo urbano para el país y, con mayor énfasis, para la Gran Área Metropolitana (Gam). Aquéllos fueron el resultado de un proceso de 54 talleres interdisciplinarios, en los que participaron más de 900 personas. De los resultados de los talleres de urbanismo y de transporte y vialidad se obtienen algunas conclusiones sumamente importantes para idealizar el funcionamiento de la Gam.

El análisis de la estructura urbano-espacial de la mancha urbana que constituye la Gam permite reconocer la presencia de una gran cantidad de núcleos poblados, otrora vinculados por una serie de caminos de carácter radial principalmente hacia la ciudad de San José. Hoy, varias décadas después, el esquema de la estructura urbana funcional es prácticamente el mismo, con la diferencia de que la expansión urbana conurbó todos los espacios libres de aquella estructura espacial original. Permitió, además, el crecimiento lineal y que el proceso de urbanización no exigiera al desarrollador, o al mismo estado, la ampliación de la infraestructura vial y los servicios pertinentes. La situación es tirante, caótica. Una masa vehicular de unas 600.000 unidades no puede circular en las condiciones adversas de la gran ciudad.

El planteamiento de esta fase del PNDU recoge infinidad de propuestas, estudios y documentos referidos al Gam y que datan de hace varios años. Igualmente, establece lineamientos novedosos para, en conjunto, hacer una propuesta de vialidad y transporte asociada al uso del suelo urbano y a los factores ambientales, con el objetivo de crear una condición de habitabilidad adecuada para los habitantes de la Gam.

En orden de prioridades, se dice, la ciudad debe ser para la gente, para su población. En el sistema vial, por ende, el peatón es el factor número uno en una ciudad de estas características. Los centros poblados deben idealizarse con amplias aceras, paseos peatonales y zonas peatonizadas, con el propósito no solo de brindar facilidades de paso a las personas, libres de la intrusión de los vehículos, sino como una forma de potenciar el comercio, la cultura y la recreación. En forma simultánea, la peatonización refuerza el sentido y la escala humana de nuestras ciudades, construidas con estrechas calles, cercanía de funciones y servicios, y todo al alcance del usuario con solo caminar un poco. Dicha estructura espacial, hoy vista como la causa de tanto problema pues no hubo previsión de ampliaciones, a la larga será la fortaleza para gozar de espacios urbanos más humanos nuevamente. Junto a la peatonización, podrá pensarse en modos de movilización menor, como la bicicleta, la cual tendría cabida si se aplicara el concepto de la regeneración urbana, a través de la cual se podría llegar a modificar los usos y el desarrollo de las cuadras tradicionales de nuestras ciudades, permitiendo el establecimiento de una nueva estructura edilicia, junto con la presencia de ciclovías.

En segundo lugar, se vislumbra el sistema de transporte masivo como la siguiente prioridad. Esto tiene sentido en un medio urbano donde el 75% de la población se moviliza en autobús y donde los centros de ciudad siguen atrayendo a miles de personas, pese a la competencia de los grandes espacios comerciales, abiertos en la última década en las zonas periféricas o suburbanas de la Gam. El transporte masivo es quizá la única herramienta capaz de desatorar los centros poblados del Gam, a condición de que, ante la carencia de infraestructura vial apropiada, al sistema se le brindara un derecho de paso exclusivo al menos en varios de los sectores urbanos que tienen alguna alternativa.

En tercer lugar, la prioridad la ocupa el vehículo particular. Sin medidas prohibitivas, pero con claridad de conceptos, parece razonable prever que una parte de los usuarios de vehículos particulares pudiese llegar a integrarse al contingente de usuarios del transporte masivo, para lo que, obviamente, tendría que brindársele mejorías en el servicio de buses actual. Veríamos entonces al sistema masivo llegar a los centros de ciudad, con rutas exclusivas, tiempos de viaje bien medidos, confort de las unidades y tecnologías menos contaminantes. Contrario al clamor general de que tenemos que sacar los buses del centro, hay que favorecerlos y hacerle la vida más amena y fácil al más de un millón de usuarios que a diario los utilizan.

Complementariamente a este sistema, vendría una infraestructura adicional que serviría a los puntos de cruce de las rutas masivas del transporte público, cruzándose éstas con las vías primarias y secundarias de la vialidad. Éstas serían las estaciones de cambio intermodal, donde se permitiría el cambiar de carro a bus, de bus a tren (eventualmente) y pagar allí los servicios públicos, hacer compras y realizar otros quehaceres de la vida urbana. Con esta facilidad las áreas urbanas más densas se verían aliviadas de tanto vehículo, la población disfrutaría de mayor tranquilidad, menos contaminación y congestión y mejorarían los tiempos de viaje de y hacia la ciudad a través del transporte masivo.

No puede dejar de mencionarse la urgente necesidad de cambiar el sistema de semáforos, al menos a nivel del Área Metropolitana, instrumento que a todas luces traerá mayor eficiencia en el accionar urbano cotidiano.

Estas infraestructuras y servicios dependen en gran medida del estado a través de las responsabilidades conferidas al Ministerio de Transportes. Sin embargo, su verdadero éxito radicará en la coordinación que se dé en el uso del suelo urbano, función que depende exclusivamente de los planes reguladores municipales. Las densidades aprobadas y la calidad del espacio construido asociado son armas fundamentales a efectos de controlar la vialidad, entorpecer menos la circulación vial y atraer más usuarios al transporte masivo. Todas estas medidas harán más atractivo para el usuario la utilización de los buses o la tecnología que se adopte eventualmente. La fórmula es sencilla relativamente: en los ejes de transporte masivo habrá mayores densidades residenciales, usos comerciales y recreativos. A mayor importancia de la vialidad privada, las funciones urbanas de primer piso serán más restringidas, facilitando la circulación vial más fluida.

El uso del suelo, el aumento de la densidad poblacional por área, nos coloca ante otro reto de la misma visión: repoblar nuestras ciudades, regenerar áreas en deterioro y reactivar la economía urbana. Logrando este propósito, las zonas altas se irán orientando con densidades muy bajas, zonas de protección del recurso hídrico, paisajístico y ambiental en general. Conceptos como la alta densidad y mediana altura deberán ser introducidos paulatinamente, con proyectos de clara aceptación cultural. La casita individual tendrá que dar paso a nuevos esquemas habitacionales si es que queremos salvar nuestras montañas y sus recursos.

Para avanzar en la propuesta, el orden de prioridades antes expuesto debe verse no como un proceso secuencial, sino en forma simultánea. Así, por ejemplo, para lograr una vida urbana más apacible en ciudades de la Gam, como San José, será necesario construir la infraestructura vial que se requiere. Estas obras buscarán mayor conectividad este-oeste y norte-sur, procurando que el tráfico regional no necesariamente atraviese las ciudades, sino que, por el contrario, las circunde, lo que liberaría espacios urbanos para el transporte público y también para el peatón.

¿Es viable esta propuesta? De hecho, mucho de lo planteado está en vías de propuesta, diseño o ejecución. La virtud del PNDU ha sido generar una visión y volcar los ojos a todo proyecto que está en proceso, buscarle sus interrelaciones y efectos urbanos y tejer un proceso de coordinación. Esta actitud hará posible mayores beneficios en el medio urbano, sin necesidad de proponer cambios en la legislación. Esto último también se estudia; no obstante, se cree importante empezar con las herramientas existentes.

La comprensión y visualización de este modelo nos coloca ante un proceso de coordinación para el desarrollo urbano en un momento en que tanto el estado como los gobiernos locales y la sociedad civil deben verse las caras. Ésta es una forma de caminar hacia un desarrollo armónico de las áreas urbanas, con claras responsabilidades para todos los actores, con iniciativas creativas y una visión de futuro compartida. Luego de la Fase I del PNDU se trabaja en la preparación de herramientas para una Fase II más ejecutiva y participativa. El momento es oportuno para continuar. Atrasar más el proceso nos conduciría a pagar un costo social muy alto.

El autor, arquitecto, es coordinador de la Secretaría Técnica del Plan Nacional de Desarrollo Urbano [ebrenes@cnfl.go.cr].

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