
En los últimos cien años no han dejado de producirse
tribulaciones en la actividad cafetalera mundial. Sin embargo, según criterio
de muchos entendidos, la crisis de nuestros días por su magnitud solo tiene un
referente: la crisis de fin de siglo (1896–1907). Hemos querido aprovechar
esta contundente comparación para exponer en grandes trazos las soluciones que
nuestros productores decimonónicos concretizaron para sortear la eventualidad.
Los primeros juicios críticos en torno a los problemas
generales de la caficultura del siglo XIX se hicieron en tiempos de recuperación
de precios internacionales. Entre 1885 y 1895 las exportaciones cafetaleras
depararon a los productores precios de ensueño, hasta tal punto que tuvieron
que esperar a 1918 para volver a recibir la misma suma por el café entregado.
Pero esta inusitada prosperidad no eclipsó a los agricultores bien informados
ni a los pocos hombres de ciencia de aquella época, para quienes el estancamiento
de la caficultura meseteña se originó desde finales del decenio de 1880. Uno
de ellos, Pedro Pérez Zeledón, calculaba los rendimientos en las décadas de
1850 y 1860 en alrededor de 15 y 20 fanegas por manzana y llegó a afirmar que
algunas unidades productivas lograban rendimientos hasta de 52 fanegas. Pese a
que esta afirmación puede considerarse exagerada, lo cierto es que a mediados
de los años noventa del siglo XIX el rendimiento promedio había bajado a ocho
fanegas. Este descenso, según los entendidos, radicó en un sinnúmero de
factores. Para algunos, el
agotamiento de los terrenos, las antiquísimas prácticas agrícolas y el
esquilmo de las cosechas incidían en la baja productividad. Para otros, eran la
degeneración de la planta, la poca atención a las enfermedades y los
trastornos atmosféricos, y hasta hubo quien insinuó que los continuos
temblores tenían parte de esa responsabilidad.
Sin duda, la estrepitosa caída de los precios de 1896 planteó como
respuesta una revisión total de los criterios mantenidos hasta ese tiempo sobre
la industria cafetera. En cierta forma, la crisis
de fin de siglo desenmascaró el bajo nivel técnico y los escasos
rendimientos de los cafetales, lo cual hizo que un significativo número de
productores sintieran la urgencia insoslayable de iniciar un nuevo proceso
renovador de todo el sistema de producción. Estos años fueron el período en
que un sinfín de productores decidió roturar un camino distinto al trillado
por sus abuelos y padres.
Contrariamente a sus ancestros, que efectuaban una lectura rígida del
cielo y depositaban una buena dosis de su inquebrantable fe en las lluvias del
19 de marzo -día del santo patrono de la capital-, que según la costumbre
presagiaban una bondadosa cosecha, el caficultor de la primera mitad del siglo
XX empezó a tomar distancia de estos rústicos augurios. Preocupados más por
los problemas terrenales y por las escasas cosechas de sus unidades productivas,
un creciente número de agricultores buscaron en la ciencia, la propaganda, la
educación y la experimentación agrícola algunas explicaciones que la bóveda
celeste difícilmente les podía brindar.
Es un hecho incuestionable que el paisaje cafetalero del siglo XIX
estaba tapizado por una gran multitud de unidades productivas. Uno de los puntos
de partida de la transformación fue cambiar la lógica de manutención familiar
que predominaba. En concordancia, el Boletín del Instituto Físico-Geográfico, del 31 de diciembre de
1903, se expresaba así [página 278]: "Existen plantaciones que, más que
cafetales, parecen jardines botánicos, no por lo bien cultivados, sino por la
numerosa variedad de plantas que en ellos crecen en el más completo abandono. /
Aguacates, mangos, jocotes, naranjos y cuantos árboles frutales la mano de Dios
quiso plantar, allí viven en dulce consorcio con los chayotes y tacacos, utilísimos,
no hay duda, para la manutención del campesino, pero enemigos mortales del
cafeto; bajo todo esto una selva de plátanos que, agobiados por los racimos,
caen sobre los infelices cafetos que, tristes y raquíticos, viven
miserablemente de los escasos jugos que pueden arrancar a la avidez de todas
estas plantas que, gozando de más luz y más aire, están mejor dotadas para
aprovecharse de los alimentos que les brinda la naturaleza. / Comencemos, pues,
por arrancar esa multitud de árboles y plantas que tanto perjudican al cultivo
que nos ocupa, pues es imposible que ambos puedan subsistir en el mismo terreno,
y el cafeto, siendo el más débil, tendrá que sucumbir".
Sin
ambages, este método de sembrar una vasta variedad de árboles dentro del
cafetal, lejos de solucionar antiguos problemas trajo otros nuevos doquiera que
se instauró. Con típica improvisación -característica peculiar del productor
decimonónico-, los cafetales sombreados estaban organizados sin concierto, a
estrecha distancia un cafeto de otro, con calles interiores irregulares y con
estorbos, con ausencia y exceso en la poda, con exagerada limpieza del suelo,
con aporcas hondas, con sombra inadecuada... En fin, eran cafetales poco prácticos,
sin reglas fijas y totalmente desatendidos.
A partir de 1900, la situación empezó a cambiar con una gradual
renovación de la sombra de los cafetales del Valle Central. Influidos ahora los
caficultores -en parte- por los estudios, observaciones y experiencias
personales, poco a poco fueron dejando atrás el empleo empírico de sombras. A
medida que una proporción cada vez más elevada de entusiastas productores iba
adoptando el uso de plantas leguminosas, especialmente las ingas y las erytrinas,
la modernización cafetalera fue abriéndose paso.
El triunfo de las leguminosas se dio gracias a las múltiples posibilidades que le brindó al caficultor, además de resolverle los problemas del suelo -la falta de nutrientes era uno de ellos. Gracias a este recurso pudo obtenerse ahorros económicos todavía mayores, como abono barato, y, asimismo, se incorporó conocimientos importantes sobre el proceso de fijación biológica del nitrógeno. Más allá de estas funciones, la utilización de leguminosas trajo cambios importantes en la disposición de los cafetos; por ejemplo, el sistema de siembra pata de gallo, con las calles rectas y anchas en todas las direcciones, que tuvo enormes repercusiones sobre el régimen de trabajo en el cafetal. Una de las causas fundamentales del auge de tal sistema, y de por qué rápidamente la adoptaron muchos caficultores, fue el extraordinario ahorro monetario en tres rubros esenciales: cuidado del cafetal, extracción de la cosecha y una anhelada “mecanización” del cafetal. La colocación de los cafetos y los árboles de sombra equidistantes unos de otros, además de darle una gran elegancia a la plantación, permitió un trabajo rápido y económico. Asimismo, al prosperar las leguminosas el productor obtuvo otras tres ventajas igualmente importantes: (1) el suelo recibió un abono verde abundante en humus y nitrógeno; (2) esta nueva cubierta verde en las calles hizo innecesario en invierno el trabajo de limpieza, dado que impedía el crecimiento de mala hierba y evitaba el lavado de las tierras, y (3) la práctica del redondeo -que significaba mover la tierra profundamente alrededor de la planta- en tiempos de sequía facilitó la conservación de la humedad en el cultivo.
Agregadas
a estas cualidades -abono abundante de poco costo, gran economía en las labores
de asistencia y mantenimiento de la capa más rica del suelo-, con el sistema pata
de gallo los caficultores resolvieron otros problemas, siendo quizás el más
importante de ellos el de la mano de obra: en aquellos lugares donde los brazos
eran escasos y caros la siembra de leguminosas disminuyó el número de paleros.
Del mismo modo, el ensanchamiento de las calles permitió el libre tránsito por
el cafetal para la recogida del grano.
Es notable, también, que a partir de la difusión de estas innovaciones
se logró familiarizar a los caficultores de la primera mitad del siglo XX con
las técnicas más avanzadas para podar. A medida que fue calando en el ambiente
cafetalero el aserto de los difusores técnicos de que un cafetal podado cada año será perpetuamente nuevo, se fueron
viendo, paulatinamente, sus frutos. Aquella labor agrícola realizada apenas de
vez en cuando y de mala manera, con el transcurso del tiempo fue sustituida por
una rutina anual de labores en los momentos adecuados.
Pese a los esfuerzos por lograr el anhelado progreso técnico, en la
primera mitad del siglo XX los resultados fueron modestos en cuanto a los
rendimientos agrícolas promedio. No obstante, sí se logró frenar su baja
general, evitar el abandono de los cafetales, detener su degradación, conseguir
mayor perdurabilidad y mejorar la calidad del grano ostensiblemente.
El autor, historiador, es profesor e investigador en la
Universidad Nacional [cnaranjo@una.ac.cr].