Desde los años setenta del siglo XIX la gran empresa se transformó en burocracia privada (lo analiza Max Weber), y después de la II Guerra Mundial esa gran empresa, que desde su comienzo fue de alcance mundial, mediante una transformación más profunda se convirtió en una empresa de producción mundial, que como burocracia privada logró ponerse encima de la burocracia pública -haciéndola apéndice suya- hasta ser hoy el poder clave a partir del cual puede entenderse la situación del mundo. Este poder -que niega ser burocracia y dice ser "iniciativa privada" en lucha contra la burocracia-, que es expresado y detentado por las empresas transnacionales, está llegando a un punto crítico, a una encrucijada..

Antes de la II Guerra Mundial las empresas mundiales eran de compra y venta y concentraban su producción en determinados lugares del planeta, pero después de dicho momento, y más intensamente desde los años setenta del siglo XX, surge una nueva empresa de producción mundial que distribuye las etapas de producción de sus productos en el mundo entero -según las diferencias entre costos de producción- y funciona tan coordinadamente como la vieja empresa. Esta nueva surge a partir de determinados inventos: (1) Transmisión barata de mensajes con velocidad instantánea por todo el planeta (si bien la transmisión instantánea empezó a mediados del siglo XIX con la cablegrafía, el cubrimiento de toda la Tierra, incluyendo imágenes en los mensajes, apareció apenas después de la II Guerra). (2) Cálculos baratos con velocidad casi instantánea y con capacidad tendencialmente ilimitada (después de la II Guerra Mundial, especialmente a partir de los años setenta). (3) Transportes baratos mundiales que alcanzan cualquier lugar del mundo en menos de 24 horas. Todo esto hace a las empresas sumamente móviles, asemejándose muchas veces la etapa final del proceso de producción a un simple lugar de ensamblaje. A partir de los años setenta estas empresas, llamadas transnacionales, se desarrollan muy rápidamente, y entre ellas están no solamente las grandes conocidas sino también muchas de tamaño medio.

Aparte de las recién mencionadas condiciones que han hecho posible la constitución de empresas de producción mundial, hay otras de carácter institucional -para la fluidez de los mercados- que posibilitan que logren un rendimiento máximo, las cuales ellas exigen. Estas condiciones implican un cambio radical en relación con el capitalismo anterior, que era intervencionista y podía existir con políticas de intervención en los mercados de parte de los estados nacionales. Pero la lógica de la empresa de producción mundial se opone radicalmente al intervencionismo de la política económica de los estados nacionales: se opone a la protección de mercados, a la política de pleno empleo, a la planificación del desarrollo local, nacional y regional, al control de los flujos del capital y de las divisas, a las reservas del mercado impuestas por el estado, a la propiedad pública, a políticas laborales en favor de la estabilidad laboral y los sindicatos, etcétera.

El conjunto de estas exigencias, surgidas desde el interior del funcionamiento de las empresas de producción mundial, está en los ajustes estructurales impuestos al mundo desde los años ochenta. La promoción de las empresas de producción mundial y los ajustes estructurales son dos caras de una sola medalla. Aparecen con la empresa de producción mundial y los programas de ajuste estructural le dan sistematicidad y un nombre. 

Política económica impuesta por las transnacionales

Los ajustes estructurales se refieren especialmente a tres dimensiones de la sociedad: (a) La apertura tendencialmente ilimitada para el capital financiero y las corrientes de divisas y mercancías. (b) La reestructuración del estado en la dirección de un estado policial y militar (parece ahora que el estado policial significa libertad y el estado social esclavitud), quitándosele a éste las funciones de la política de desarrollo y de la política referente a la infraestructura económica y social, de lo que se deriva la privatización de las propiedades públicas, que resulta en una nueva acumulación originaria, apareciendo en el mundo entero un pillaje de estas propiedades. (c) La flexibilización de la fuerza de trabajo, que trae consigo la anulación de derechos de importancia decisiva, producto del contrato de trabajo, como la protección frente al despido y la protección de la mujer y de los niños, etcétera; las seguridades sociales son disueltas y los sindicatos también, o debilitados.

La imposición de estas medidas de ajuste estructural es acompañada en los países clave de América Latina (Brasil, Chile, Uruguay, Argentina) por el terrorismo de estado, que mantiene hoy una importancia clave dentro de la estrategia de globalización -como todavía en Colombia.

La imposición de los ajustes estructurales va de la mano de la propagación de la ideología de la competitividad y de la eficiencia, por lo que se los justifica como una política de la eliminación de las distorsiones del mercado o de la eliminación de los “interruptores” de la movilidad del mercado. La economía se conduce ahora en términos de una guerra económica en la que se trata de conseguir ventajas competitivas que hagan posible salir victorioso de ella. La situación misma de los países es discutida en términos de su competitividad, y toda actividad social es evaluada según su aporte a esta competitividad. El economista, y sobre todo el administrador de empresas, se convierten en asesores militares de esta guerra económica, ya no siendo su función hacer teoría o entender qué significa esta manera de enfocar la economía, sino aportar para ganar la guerra. Por eso, la teoría económica se torna cínica. En esta guerra económica las medidas de ajuste estructural sirven para preparar y limpiar el campo de batalla, lo cual a las empresas enfrentadas les interesa, para poder luchar sin ser “distorsionadas”.

Desde nuestro punto de vista, esta eliminación de las distorsiones del mercado tiene una importancia central, pues la lógica real del proceso de globalización se expresa más nítidamente en términos de esa eliminación, allí se hace presente el proceso arrollador del mercado total como un gran engranaje que sigue una lógica propia, y la impone, autorreproduciéndose en tanto tal, “perfeccionándose” en términos de su propio funcionamiento. El engranaje del mercado aparece como una gran maquinaria computacional que necesita ser perfeccionada, y las llamadas distorsiones son consideradas elementos de fricción en ese funcionamiento, por lo que hay que eliminarlas.

La empresa de producción mundial empuja el proyecto y puede imponerlo en el grado que logra el apoyo de los estados para su realización. No se trata de un proyecto de totalización de algún mercado ideal, sino de un proyecto de fluidez de los mercados en tanto ambiente en el que actúan las empresas mundiales. Como tal es coherente, y su realización se efectúa en forma de una lucha contra las “distorsiones” o los “interruptores” del mercado. Todo lo que se interponga a la fluidez de los mercados es visto como distorsión.

De esta manera, lo que desde los años noventa se llama proyecto de globalización logra su coherencia. Las funciones del estado como organizador del desarrollo, su función de garantizar una infraestructura social y su función de promover un sistema educacional de referencia universal aparecen ahora como distorsiones del mercado. También las reglamentaciones referentes al uso del ambiente aparecen como tales, y asimismo la defensa del nivel de vida de la población. Las organizaciones populares, inclusive los sindicatos, son percibidos como distorsiones. El estado es visto como distorsión del mercado únicamente en relación con sus funciones de desarrollo económico y social, pero su función de promotor del proyecto de globalización es decisiva para éste, por lo que su desmantelamiento es una reestructuración de él en función de la promoción del proyecto e, inclusive, de subvención financiera de su empuje. Pero ahora se trata de subvenciones de cantidades inauditas hacia las empresas mundiales, a las cuales normalmente se da el nombre de “incentivos”. De este estado se habla como “estado mínimo”, aunque sea un estado máximo.

A esta luz, las políticas intervencionistas anteriores aparecen como distorsiones del mercado, por lo que se habla de anti-intervencionismo, pero el estado transformado es altamente intervencionista en las relaciones humanas y en las relaciones con la naturaleza. Para no intervenir en los mercados tiene que intervenir en todas las relaciones sociales en nombre de la privatización y de la flexibilización. Y no se debe olvidar que la privatización es una política de los poderes públicos -que la hacen- y no de los privados; los intereses privados solamente pueden empujar políticas de privatización de parte de los poderes públicos.

Sin embargo, esta política transforma las empresas transnacionales -de producción mundial- en poderes por encima de los poderes públicos, y éstos las erigen como sus señores. Con eso, las empresas junto con los poderes públicos eliminan los derechos humanos de la vida humana de sus respectivas agendas. Pero no son las empresas las que se imponen sino los poderes públicos, que imponen las empresas y su lógica a la vida humana y a los poderes públicos mismos. Con ello se establece el poder de burocracias privadas por encima de las burocracias públicas, que ahora se transforman en el apéndice de una dominación absoluta hecha presente en estas burocracias privadas.

El efecto de los ajustes estructurales es la imposibilidad casi completa de los países dependientes de promover un desarrollo económico autoconcentrado. No pueden promover nuevos centros de actividad moderna, porque los ajustes estructurales excluyen las medidas necesarias para hacerlo. La protección de industrias, el control de divisas, la promoción -inclusive financiera- de empresas nacionales en su competencia con empresas extranjeras, toda política de desarrollo local, nacional y regional quedan relegados. Aunque el conjunto de empresas del sector moderno tenga mucho dinamismo interno, éste no es expansivo a nuevas regiones ni en relación con el empleo de nueva fuerza de trabajo. Aparece, entonces, el estancamiento dinámico, que también se ha llamado “crecimiento sin nuevos puestos de trabajo” (jobless growth). Alrededor del sector moderno de la economía se extienden cada vez más los sectores informales y precarios sin ninguna perspectiva a largo plazo; y los sectores modernos se transforman en archipiélagos en un mar de precariedad. Si se da un aumento del empleo, ocurre en estos sectores y no en los modernos.

Excepciones solamente se dan donde los países en desarrollo no se someten indiscriminadamente a los ajustes estructurales, lo que ocurrió especialmente en Asia oriental: aparecieron países sumamente dinámicos (los tigres) que lograron promover centros propios de desarrollo moderno y empresas transnacionales con capacidad competitiva. Sin embargo, con la crisis asiática de 1997 fueron restringidos en su capacidad de desarrollo autónomo, que sobre todo vale para Corea del Sur.  

Desaparición de los derechos humanos

La estrategia de la globalización -realizada a través de los ajustes estructurales- ha borrado los derechos humanos de la vida humana, dejando sin efecto los logros pasados en esta materia -derechos de la vida, salud, educación, alimentación, vivienda- y haciendo imposible volver a recuperarlos. Derrotada la burocracia pública, la burocracia privada asumió el poder en nombre de los derechos humanos reducidos al derecho de propiedad privada, que es ya el único reconocido. En esta situación es marginado el estatus fundacional del ciudadano. Solamente la burocracia pública tiene ciudadanos; la burocracia privada tiene nada más que clientes, en todo el mundo, pero con los que no son clientes no tiene nada que ver. Clientes se puede tener mundialmente, pero no hay ciudadanos del mundo. La actual exclusión de la población es el resultado de la imposición de las burocracias privadas sobre la burocracia pública; la ciudadanía ha perdido su significado. Y como los derechos humanos del ser humano específico -sus derechos emancipativos- fueron declarados a partir de la ciudadanía, ya han perdido su vigencia.

Max Weber, que vio esta transformación de la empresa privada en burocracia privada, habló de “las organizaciones capitalistas privadas, organizadas de una manera cada vez más burocrática”. Y dijo que “una vez eliminado el capitalismo privado, la burocracia estatal dominaría ella sola. Las burocracias privada y pública, que ahora trabajan una al lado de la otra, y, por lo menos posiblemente, una contra otra, manteniéndose pues, hasta cierto punto mutuamente en jaque, se fundirían en una jerarquía única: A la manera, por ejemplo, del Egipto antiguo, sólo que en forma incomparablemente más racional y, por tanto, menos evitable” (Economía y Sociedad). Pero se equivocó, porque donde la burocracia pública logró imponerse a las burocracias privadas -como en el socialismo soviético- fueron los ciudadanos los que al fin rompieron su poder. Y lo que Weber ni siquiera sospechó fue la actual imposición de las burocracias privadas, que devoran a las burocracias públicas. Weber creyó que la competencia controla a la burocracia privada y que el peligro consiste en la burocracia pública, por lo que siguió pensando en términos de derechos humanos identificados con el derecho del propietario. Pero hoy no puede haber mucha duda de que es la competencia irrestricta la que lleva al dominio absoluto de la burocracia privada sobre el mundo entero, haciendo pedazos el poder público. Hoy, la posibilidad que Weber veía terminó. Derechos humanos hoy tienen que ser derecho específicos del ser humano, y estos derechos son derechos de un ser natural, corporal. Solamente derechos humanos en este sentido se pueden enfrentar a la tendencia obvia a la dominación absoluta de la burocracia privada -poderes sin ciudadanos- sobre los seres humanos, una tendencia que nos condena a todos a un viaje en Titanic. 

Socavamiento de la democracia

La estrategia de globalización ejecutada hace surgir un poder por encima de toda autoridad política. Cuanto más los mercados se totalizan, tanto menos resulta posible una política frente a los mercados. Aparecen poderes del mercado que quitan a la política su independencia, que operan en nombre de la técnica, de manera que. toda política económica ahora es aparentemente la aplicación de una técnica, que se presenta como la única forma de racionalidad, frente a la que la política parece ser un ámbito de irracionalidad. Pero estos poderes del mercado dominan la esfera del capital y, por tanto, de los medios de comunicación. No admiten ninguna política frente al mercado, sino imponen el poder del mercado en nombre de la técnica, la eficiencia y la competitividad, que se erigen en las instancias de juicio sobre todos los valores humanos. Como consecuencia, la política mantiene solamente su autonomía en espacios neutrales desde el punto de vista del poder del mercado y que no interfieren con la determinación de la sociedad entera por el poder del mercado, el cual determina el marco dentro del cual la política es posible.

De esta manera emerge una especie de gobierno extraparlamentario, que es efectivamente un gobierno mundial que ejerce el poder sin asumir las funciones del gobierno ni sus responsabilidades. No necesita ninguna legitimación democrática, sino que se legitima por medio del mercado como la instancia superior de toda vida social. Por eso está por encima de toda mayoría democrática, que deja de ejercer el poder. Las elecciones no pueden determinar nada que esté en conflicto con esta voluntad general pretendida del mercado. Las instancias políticas resultan relativizadas.

Este gobierno extraparlamentario mundial tiene en sus manos, por un lado, los medios de comunicación y, por el otro, el capital, y gobierna mediante su capacidad de condicionar a los gobiernos políticos legítimos. La huelga del capital llegó a tener importancia central en este condicionamiento de toda política. Eso transformó la bolsa en el criterio determinante de los políticos. La huelga del capital -fuga de capital, migración de empresas etcétera- puede presionar de tal manera la política que ésta pierde su capacidad de orientarse según la voluntad de los electores. Eso ocurre en el contexto de una opinión pública que está bajo la influencia dominante de los medios de comunicación, en manos de este mismo gobierno extraparlamentario.

Este poder del mercado, sin embargo, es un poder anónimo y no debe entenderse como un complot planificado. Surge de fuerzas compulsivas de los hechos del mercado. Opera mundialmente, sin tener una coordinación central por instancias humanas.

Como consecuencia, la democracia ha sido socavada. Ni los gobiernos políticos ni la oposición parlamentaria pueden imponer límites significativos a este poder extraparlamentario, como en Jurassic Park: Había muchos dinosaurios bien limitados en su espacio de actuar y los seres humanos podían pasearse tranquilamente para observarlos. Para los dinosaurios se trataba de una distorsión de la competencia, pero para los seres humanos era una situación de seguridad, en que su posibilidad de vivir no era distorsionada. Con el huracán de la globalización cayeron las que para los dinosaurios eran distorsiones: el tirannosaurus rex podía moverse ahora sin ser distorsionado en su libertad y el velociraptor lo podía asaltar libremente; por fin eran global players. Pero ahora estaba distorsionada la vida de los seres humanos: perdieron sus defensas, aunque afortunadamente contaban con un helicóptero para fugarse… del que nosotros carecemos. A nosotros nos toca defendernos en el terreno.

Desesperanza y esperanza

Al existir la convicción de que no hay alternativas al sistema actual, como lo afirma ahora el poder total, se establece una cultura de desesperanza, y ésta es la crisis que vivimos. Las organizaciones de clase o revolucionarias, los movimientos de cambio, la orientación hacia una nueva sociedad, surgieron de la cultura de esperanza de los años cincuenta y sesenta. Formularon la esperanza o la manipularon, y se basaron en ella. Afirmaban alternativas. La destrucción casi general de los movimientos populares y del estado de reformas (intervencionista) acabó con esta cultura, logrando una gran fuerza de convicción a partir de la crisis del socialismo en Europa oriental.

Especialmente en el Tercer Mundo, pero también en el Primer Mundo, se lleva a cabo una guerra psicológica tratando de convencer a los seres humanos de que son superfluos, lo cual, una vez logrado, trae como consecuencia que ellos empiezan a destruirse mutuamente en vez de ser solidarios. Creo que el primer autor que describió con plena conciencia este mecanismo fue Nietzsche, que sabía sorprendentemente bien que el hombre hecho superfluo, y considerado a sí mismo como tal, se autodestruye. Así, las rebeliones se transforman en movimientos irracionales que al fin no tienen sentido: el Caracazo, en febrero de 1989, fue un movimiento que llevó a la primera de estas rebeliones sin destino, terminando en una masacre de miles por la mano militar, que ni conmovieron ni hicieron noticia. Las actuales rebeliones en Argentina tienen un carácter parecido. El sistema no se conmueve.

Desde fines de los setenta -cuando la estrategia de globalización se impuso por los ajustes estructurales- se desataron los asesinatos-suicidios, esos crímenes resultado de la desesperanza que han marcado las décadas siguientes. Empezaron en EU en colegios, oficinas, en la calle; se propagaron rápidamente y aparecieron en Europa, Japón, Palestina, África, China y en el resto de Asia. Su culminación fue el atentado de 2001 en Nueva York.

Pero no todo es desesperanza. Surgen cada vez más movimientos contestatarios en nombre de que un mundo mejor es posible. Se coordinan entre sí sin intentar formar un gran movimiento unificado ni constituirse en partidos políticos, aunque varios partidos los apoyen. Llegan a ser conocidos con grandes manifestaciones en ocasión de las reuniones de organismos internacionales financieros. Se hacen presentes durante los últimos años en Seattle, Davos, Praga, Génova y Quebec. En 2001 se reúnen por primera vez a nivel mundial en Porto Alegre, Brasil, donde organizan un congreso con decenas de participantes, que a fines de enero de 2002 se repite, en el mismo lugar, con más de 50.000 participantes de todo el mundo.

Estos movimientos promueven un pensamiento en términos de alternativas con una doble orientación: por un lado, para obligar al sistema mundial a reformular toda su estrategia de acumulación de capital llamada estrategia de globalización y, por otro lado, para responder a la desesperanza, que cada vez más desemboca en reacciones irracionales sin destino. Se trata de un movimiento cuyos participantes vienen de todos los sectores de la población -no es entonces clasista-, y en sentido literal no es un movimiento anti-globalización, sino que es de enfrentamiento de la actual estrategia de acumulación mundial de capital. Lo hace precisamente en nombre del hecho de que hoy el mundo es efectivamente un mundo global que hace falta defender frente a esa estrategia –que se autoproclama globalización– y que se ha convertido en la hasta ahora peor amenaza para la sostenibilidad de la humanidad y la Tierra. Es un movimiento de defensa de la Tierra hecha global de los “globalizadores” provenientes de las burocracias privadas y apoyadas por gobiernos, que se sienten responsables ante el capital en vez de ante la gente y todo nuestro mundo.

Este movimiento está en auge y ha adquirido una gran legitimidad ante la opinión mundial, hasta entre muchos representantes de las propias clases altas. Está presente en todos los países y en todos los sectores de la población. Está haciendo conciencia de las consecuencias fatales que la actual estrategia vigente tiene sobre el futuro de la humanidad. Se está transformando en el núcleo de una conciencia alternativa: un mejor mundo es posible. Hace ver que la misma globalidad de la tierra exige una alternativa. 

Crisis de poder de las burocracias privadas

Las burocracias privadas de las empresas transnacionales impusieron a todo el mundo una estrategia de acumulación de capital que lo destruye globalmente. Hoy, después de décadas de imposición, aparecen las reacciones, que, como muestran los atentados de Nueva York, pueden ser tan nefastas como lo es la estrategia del poder misma. Eso lleva a la crisis del poder, que no es de por sí terminal, que tiene hoy todavía el carácter de una encrucijada. Por un lado, es posible reconsiderar toda la estrategia de acumulación de capital llamada globalización en función de la responsabilidad por una humanidad y una Tierra que llegaron a ser globales y que tienen que ser respetadas globalmente para que nuestra vida hacia el futuro sea posible. Pero por el otro lado el poder puede caer en la ilusión de salvarse por la imposición bruta de su estrategia contra viento y marea.

En este segundo caso, tiene que imponer un sistema de apoyo diferente del que ha regido hasta ahora. Para sostener el mercado total que impuso tiene que complementarlo con un sistema político totalitario y mundial que calle todas las respuestas posibles. En nombre de la guerra antiterrorista aparece, indudablemente, la tendencia hacia este sistema totalitario mundial, que pretende una suerte de pinochetismo mundial. Toda la lucha del poder va en esta dirección: es el proyecto de los que Stiglitz llama fundamentalistas del mercado, los talibanes en la Casa Blanca.

No existe en el mundo un poder que pueda enfrentar el intento de constitución de un poder político total complementario del poder de las burocracias privadas en el mercado total. Sin embargo, no es probable que éste se instaure según sus pretensiones. Podrá destruir países y matar poblaciones, pero difícilmente evitará un desmoronamiento interno por las reacciones irracionales que provoca -como la rebelión de Argentina y los atentados de Nueva York-, que por irracionales no es posible prevenirlas. La guerra antiterrorista es una simple ilusión y las rebeliones espontáneas sin proyecto no tienen conductores que se pudieran reprimir de antemano. Por eso, si el sistema sigue insistiendo en la imposición ciega de su poder en la línea de su estrategia asumida, provocará solamente un período de decadencia, del cual no podemos saber cuánto durará y qué desastres provocará.

Frente a eso es que se define el movimiento de oposición a la estrategia de acumulación de capital denominada globalización, movimiento que no quiere fusiles ni terror, sino solamente subvertir la legitimidad del sistema en grupos cada vez más amplios, y preparar alternativas para el momento, ahora que este sistema se hace insostenible por las consecuencias desastrosas que está produciendo.


Este texto constituyó la ponencia de fondo en el denominado Foro Social Nacional -efectuado en la última semana de enero, en San José-, que fue la antesala del Segundo Foro Social Mundial -celebrado en febrero en Porto Alegre, Brasil-, sobre el cual, en esta misma edición, hace una exposición uno de los costarricenses participantes en él.

 

 

 

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