
Para
el sector cafetalero costarricense el siglo XXI se ha iniciado con precios
bajos, sobreoferta y aumento de competencia. La globalización en la economía
mundial y el acceso a nuevos mercados exige la mejora del desempeño empresarial
en una serie de áreas clave que van más allá de la producción eficiente del
producto. Las crecientes demandas de los clientes en ultramar por bienes de alta
calidad, producidos de forma segura para que luego sean recibidos a tiempo, en
cantidades correctas y con un precio competitivo, hacen que sea difícil
adaptarse rápidamente a dichas demandas. Además, el sector café se encuentra
confrontado, como nunca antes, con una amplia gama de estándares, solicitados
cada vez con más frecuencia para entrar en mercados tanto regionales como
internacionales. Estas tendencias han resultado en el abandono de plantaciones,
la conversión de plantaciones a otros cultivos, y grandes deudas a nivel de
cooperativas y empresas privadas que representan al sector. Sin embargo, han
resultado también en la búsqueda de oportunidades de diferenciación del
negocio para así mejorar la posición competitiva del sector en el mercado
internacional.
En
cuanto al sistema de producción agrícola, el nivel de tecnificación varía
mucho entre Costa Rica y otras regiones cafetaleras de la región. Por el fuerte
crecimiento de la demanda del producto durante los años sesenta y setenta,
Costa Rica aumentó el rendimiento por hectárea con la siembra de más plantas,
la corta de árboles de sombra y el aumento del uso de agroquímicos
(fertilizantes y plaguicidas). Actualmente, Costa Rica se caracteriza por tener
un 65% del área cafetalera manejada con sombra de baja densidad, y del
porcentaje restante un 5% es con sombra intensa sin manejo y un 30% a plena
exposición solar. Esta tecnificación del proceso productivo ha aumentado
significativamente la productividad promedio del café por hectárea, que
resulta ahora en un rendimiento de una plantación convencional de 35 quintales
[1 quintal equivale a 46 k] de oro por hectárea (qq-oro/ ha), mientras que en
Nicaragua es de 10 qq-oro/ha y en El Salvador de 20 qq-oro/ha.
Adicionalmente,
el aumento en demanda del producto resultó en una concentración del
procesamiento del café en beneficios. Los altos precios de venta que se pagaron
por el café hicieron posible la importación de nuevo equipo y la ampliación
de la capacidad del beneficiado, que ha resultado en la construcción de
aproximadamente 95 beneficios, localizados en cinco zonas de producción de café
diferentes. El total beneficiado por estas plantas es aproximadamente 150
millones de kilos de café “verde” (conocido como grano de oro o café de
exportación).
El impacto ambiental de la producción y beneficiado del producto no fue
tomado en cuenta en el momento de realizar la tecnificación. La disminución
del número de árboles de sombra en las plantaciones ha afectado la capacidad
de manutención de la fertilidad de los suelos con métodos naturales y de
reducción drástica de la erosión. Además ha disminuido los ciclos de
nutrientes y minerales y la fijación de nitrógeno y carbono atmosférico. La
baja densidad de árboles de sombra ha aumentado la erosión de suelo y la
necesidad de aplicar agroquímicos para fortalecer y proteger las plantas y la
fruta contra enfermedades que normalmente no aparecerían si el suelo fuera más
fértil por la diversidad de la vegetación. Adicionalmente, el beneficiado del
café ha incurrido en costos ambientales excesivos debido a la contaminación de
ecosistemas (ríos, zonas costaneras, áreas montañosas, suelos), desperdicio
de agua fresca (máximo permitido de 21 litros de agua por kilogramo de fruta
fresca), generación de grandes volúmenes de aguas residuales caracterizadas
por una alta concentración de carga orgánica, desechos orgánicos (250 gramos
de pulpa por kilogramo de café) y uso ineficiente de fuentes de energía
(electricidad y leña).
Entre 1958 y 1991, las ventas internacionales de café fueron reguladas
por convenios o tratados internacionales que eran definidos con base en los
principios de “encontrar un equilibrio entre la oferta mundial y la demanda de
café, asegurando precios justos tanto para el productor como para el
consumidor”. Sin embargo, en los últimos cuatro acuerdos no se pudo obtener
el equilibrio deseado. Al contrario, la producción fue mucho mayor que la
demanda. A finales de los ochenta la regulación de la cuota de exportación fue
abolida, lo que causó la caída más grande de los precios internacionales del
café. Al existir una oferta tan considerable, los precios cayeron abruptamente
y, entonces, los mercados se interesaron por una mejor calidad del producto y,
teniendo en cuenta que la especie arábiga es reconocida mundialmente como una
de las mejores, se dio un aumento relativo en el consumo de los arábigos
lavados, producidos especialmente en Colombia y Centroamérica. Sin embargo,
debido a que no fue posible llegar a un equilibrio entre la oferta y la demanda,
el precio por kilogramo de café disminuyó a menos de 200 centavos de dólar
por kilo.
Al
suspenderse el Convenio Internacional del Café y el sistema de cuotas, se dio
un vertiginoso crecimiento de los mercados alternativos. Los cafés no
tradicionales empezaron a ganar terreno, especialmente en EU y Europa, donde se
estima que en los últimos tres años el mercado de estos productos ha crecido
300%. Ese dinamismo se puede explicar por varias razones, entre las que
destacan: (1) la segmentación de los mercados; (2) el cambio en los gustos y
preferencias de los consumidores, que exigen cada vez más; (3) la publicidad más
agresiva; (4) los nuevos sistemas de información accesible a todos, que han
disminuido la brecha del conocimiento entre los productores y los consumidores;
(5) la mayor demanda de productos calificados como ecológicos, y (6) las
regulaciones más exigentes para las compañías encargadas de otorgar los
“sellos verdes”, lo que garantiza una mejor calidad de los cafés
“especiales”. A la vez, durante los últimos años, debido a la contaminación
de productos agrícolas con químicos altamente riesgosos o tóxicos para el ser
humano y a la aparición de enfermedades, como la de las vacas
locas y la fiebre aftosa, los productos agropecuarios que ingresan a los
mercados europeos enfrentan nuevas y numerosas restricciones.
Estas
tendencias, junto con la creciente presión de las organizaciones preocupadas
por la conservación de los recursos naturales, hicieron que el sector
cafetalero cayera en cuenta de que era necesario cambiar su enfoque de producción.
Resulta claro que por su enfoque productivo se había convertido en una
actividad generadora de impacto altamente negativo sobre el ambiente. La producción
de café ha conducido a erosión de suelos, a pérdida de biodiversidad, a uso
no sostenible de madera como fuente de energía, a consumo ineficiente de energía
en general y a contaminación del aire y de los cursos de agua. Además, existen
altos riesgos de salud para los productores por el uso de químicos en las
plantaciones y para los obreros por los ruidos, polvos y humos que se generan en
los beneficios. Entonces, se ha comenzado a buscar soluciones que permitan un
desarrollo sostenible de la actividad sin afectar negativamente la productividad
ni la calidad final del grano, para así mejorar su desempeño ambiental y
social, pero también su posición competitiva a nivel internacional.
La
competitividad empresarial para el sector de café en el siglo XXI está basada
en los principios de desarrollo sostenible y mejoramiento continuo, que a su vez
se fundamentan en que la gerencia utiliza todos los recursos humanos y la
información relevante para producir una corriente constante de mejoras de todos
los aspectos de valoración para el cliente buscando, primordialmente, métodos
de producción que generen una reducción en las cantidades de residuos, en los
consumos de materias primas y sus costos y en la contaminación potencial. Un
aspecto clave de este enfoque es su capacidad de aumentar continuamente la
calidad de los productos y los servicios disminuyendo el desperdicio, de manera
que se logren ahorros en los costos.
Antes
de los años noventa, una combinación de factores internos y externos -como la
falta de información y sensibilización, de vigilancia o fiscalización de
parte de las autoridades y como estímulos económicos y posibilidades de
financiamiento- hicieron que la gestión ambiental no fuera considerada una opción
atractiva para el sector de café costarricense. Sin embargo, esta actitud ha
cambiado durante la última década y ha resultado en el uso de conceptos
integrados de gestión ambiental, ecodiseño
y producción más limpia para así
revisar en forma exhaustiva los procesos con el objetivo de reducir los desechos
o desperdicios (y por lo tanto los costos) y mantener, o más bien aumentar, la
calidad de los productos y servicios. Durante
los últimos cinco años, el Centro de Gestión Tecnológica (Cegesti) -entre
otros- ha trabajado con empresas pequeñas y medianas de la cadena del café
ubicada en Costa Rica en la aplicación de estas metodologías. Cada uno de los
tres conceptos ha abierto oportunidades de mejoramiento de la eficiencia, de
disminución de costos y de ventas nuevas en el mercado regional e
internacional.
La
metodología de la producción más limpia fue creada -entre otros- por el
Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente y la Organización de las
Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial, habiendo sido Cegesti una de las
primeras organizaciones que la introdujo en Centroamérica, adaptándola a la
realidad centroamericana e implementándola en una amplia gama de empresas y
sectores productivos: la industria alimentaria, la gráfica, la metalmecánica,
la textil, la química, el sector agropecuario, etcétera. Además, ha
capacitado un gran número de profesionales de centros de educación y de
organizaciones sectoriales en los principios básicos de la metodología y es
una de las organizaciones fundadoras del Centro Nacional de Producción más
Limpia en Costa Rica. La producción más limpia
busca primordialmente una reducción de residuos en el consumo de materia
prima (y costos), en el tratamiento de éstos, en la reducción de la
contaminación potencial, en la mejoría de las condiciones de trabajo y en la
eficiencia del proceso.
La
competitividad depende de un conjunto de factores que se interrelacionan entre sí:
costos, calidad de productos y servicios, aseguramiento de la calidad, recurso
humano, tecnología, capacidad de innovación y gestión ambiental. Para lograr
estos factores es indispensable desarrollar un buen diseño de productos que, a
su vez, está directamente relacionado con su
impacto en el ambiente a lo largo de su ciclo de vida. Con base en este diseño
se puede fomentar estrategias de prevención de la contaminación, utilizando la
metodología de la producción más limpia. Tradicionalmente, el proceso
productivo limita el diseño del producto final: en otras palabras -y por paradójico
que parezca-, el producto final está definido por el diseño que tenga la
planta procesadora. Un análisis de todas las etapas de la vida del producto,
incluyendo su disposición final, viene a dar una solución a la situación
anteriormente descrita. Esta metodología llamada ecodiseño, desarrollada por
la Universidad Tecnológica de Delft (Holanda) y adaptada por Cegesti a la
realidad centroamericana, brinda un enfoque diferente y da un valor agregado al
concepto de la producción más limpia, ya que a través de ella se asegura que
el producto final cumpla con requerimientos de durabilidad, de costo de producción
y de impacto ambiental -entre otros-, tanto desde el punto de vista de la
empresa como del consumidor.
La autora, especialista en administración
empresarial, es consultora en el Centro de Gestión Tecnológica (Cegesti) [myrdanse@racsa.co.cr]