Existen diversos enfoques de la economía y su relación con el ambiente. El más conocido y común es el dominante, de origen neoclásico, que privilegia la acción del mercado en la asignación de los recursos y la efectividad de los precios para este propósito, ya sea en el mercado de factores, de bienes y servicios o externo. En este sentido es absolutamente imprescindible que los "activos naturales", como son la biodiversidad, el bosque, la calidad atmosférica, el suelo, el agua, los recursos marinos -entre otros- tengan un precio. Este corresponderá a su valor de uso y no uso; en definitiva, a su utilidad para la sociedad. Ese valor de “no uso” o valor de uso pasivo -según otros economistas- está compuesto por los valores de no uso propiamente dicho, de existencia, opción, y cuasi-opción. El problema en este enfoque o -para otros- la virtud es que el valor necesita del mercado para realizarse.

    Hay otros enfoques, como el de la economía ecológica y el de la economía política verde, que enfatizan en la reproducción material, social y cultural de la sociedad como preocupación principal. La actividad económica como elemento central en el intercambio de energía y materiales entre el hombre y la naturaleza a fin de producir valores de uso para la reproducción de la vida misma en sociedad. Si bien existe un valor de la biodiversidad en estos enfoques, ese valor ecológico esta supeditado a la contribución que supone la biodiversidad en la reproducción de la vida como un todo; en su esfera social y en su esfera ambiental, en su esfera laboral, cultural, etcétera. El valor es, entonces, una construcción social que no necesariamente se “realiza” en el mercado, aun cuando podría suceder.

    En definitiva, y no obstante las diferencias de enfoque, la biodiversidad tiene un valor y es fundamental para el mantenimiento de la vida en el planeta. Desde luego, los enfoques conllevan cosmovisiones y, por tanto, una concepciones ideológicas que pueden ser limitantes e incluso perniciosas para lograr una adecuada interpretación de los fenómenos y la búsqueda de soluciones. En todo caso, las preguntas a formular son: ¿Cuáles son las estrategias para lograr una efectiva conservación y potenciación de la biodiversidad como soporte de la vida en el planeta y componente fundamental de la reproducción de la vida en el mismo? ¿El acceso comercial a la biodiversidad, vía contratos u otros mecanismos, obteniendo ingresos del mercado farmacéutico o de otro mercado capitalista -modelo Inbio-, permite hacer sostenible el esfuerzo de conservación de la biodiversidad?

    Obsérvese que aquí ya estamos hablando de conservar un componente fundamental de la vida en el planeta apelando a la lógica del mercado. ¡Esto es lo que supone el acceso mercantil a la biodiversidad! Por ello, apelando a la misma lógica, hay que interrogarse si esa remuneración que se recibe por la biodiversidad, vía contratos con transnacionales u otros mecanismos, compensa el costo de oportunidad del bosque o del área protegida, derivado de los usos alternativos de la tierra.

    Todavía algo más: ¿esos ingresos que provee el mercado son distribuidos equitativamente entre usuarios y sus comunidades, dueños de la biodiversidad por generaciones?

    Concretamente, el contrato entre Inbio y Merck, de septiembre de 1991, es un ejemplo de cómo se incorpora la biodiversidad al mercado de acuerdo a lo lógica de la economía dominante y bajo la errónea suposición de que el mercado es el perfecto asignador de recursos.

    Este acuerdo implica que se reconocen los derechos sobre los recursos genéticos de la biodiversidad silvestre, que ya no son patrimonio de la humanidad sino propiedad del estado costarricense desde la Convención sobre Biodiversidad. El acuerdo preveía el pago de un millón de dólares a cambio del acceso a una gran área protegida de Costa Rica y, además, el pago de un royalty sobre los productos comerciales que Merck eventualmente desarrollará a partir de esos insumos. A falta de referentes, el precio del contrato fue establecido en forma totalmente arbitraria y sin mayores criterios. El tiempo demuestra que éste fue bastante bajo por lo menos en relación con las utilidades posteriores derivadas de las materias primas y con otros impactos. Lo que se ha puesto en el mercado no son recursos, ni insumos para la producción, sino información genética. No es la historia del guano, ni la anchoveta o el quebracho, de la quina o del hule. Es información genética que se constituye en mercancía dentro de la lógica del mercado.

    El acceso mercantil a dicha información se da a un valor-precio asignado con criterios muy vagos y ante la posibilidad de que las transnacionales puedan encontrar estos recursos sin ningún costo en otros espacios ambientales que no tienen ningún tipo de protección. Por otra parte, dicho precio no parece resolver los problemas de las áreas de conservación, ni siquiera los contratos se hacen sostenibles en el tiempo. Veamos cuáles son los valores, en dólares, de los aportes hechos por el Inbio hacia diferentes esfuerzos de conservación:

El estudio de Nagoda y Tverteraas, de donde proviene la información recién expuesta, es elocuente en lo que respecta a la pregunta sobre las ventajas económicas, en términos de aporte monetario a la conservación, de permitir el acceso comercial a la biodiversidad. Desde el año 1991, en que se firmó el contrato con Merck, hasta 1999, la tendencia de ingresos para la conservación es descendente (véase gráfico). ¿Es que está el modelo de Inbio en proceso de agotamiento? Además, pareciera que estos ingresos no son competitivos con otros usos del suelo; es decir, el contrato no garantiza que la conservación de la biodiversidad sea capaz de competir contra otros usos del suelo y del bosque cuya tasa de rentabilidad es mayor en el mercado, de acuerdo a la racionalidad del capital, cuyo objetivo siempre será la valorización del capital a través de la maximización de las ganancias.

Finalmente, los beneficios de los que se apropian las comunidades no quedan claros, siendo éste un aspecto fundamental de la conservación. Sólo un 37% de los ingresos del Inbio por bioprospección, desde 1991, son canalizados a los usuarios (véase tabla), alcanzando la suma de $8 millones.

Luego de estas reflexiones queda pendiente seguir construyendo una estrategia de desarrollo y conservación de la biodiversidad, sostenible, que le dé importancia estratégica a las comunidades, que pondere su alto valor comercial y, particularmente, garantice la soberanía y seguridad en el uso de estos recursos para el soporte de la vida en el planeta.


El autor, economista ambiental, es docente e investigador en la Universidad Nacional [mmarozzi@una.ac.cr].

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