Desde 1954, con la creación del Instituto Nacional de Vivienda y Urbanismo (Invu), en Costa Rica se impulsa una intensa labor en dos campos fundamentales del hacer institucional en planificación urbana, regional y vivienda: en primer lugar se establece la necesidad de realizar planes reguladores para todos los conglomerados urbanos de la nación, y en segundo lugar se centraliza y organiza la tarea de construir viviendas para sectores de ingresos bajos y medios, erradicando aquellos barrios construidos con muy baja calidad donde se pone en peligro la vida humana y no se reúnen las mínimas condiciones de habitabilidad.

Poco tiempo después, con la Ley de Planificación Urbana Nº 4.240, se refuerza estas tareas creando la Dirección de Urbanismo y la Oficina de Planeamiento del Área Metropolitana de San José, con fondos mínimos y expectativas de crecimiento, con conceptos claros –para la época- y una perspectiva nacional. A la vez, la creación sucesiva de parques nacionales y zonas protegidas, de distintos tipos y de muy diversa expresión jurídica, marcan un hito y modifican el mapa del país, aunque se mantienen todavía hoy como islas sin suficiente articulación y sujetas a explotación indebida en muchos de los casos con serios impactos sobre sus reservas de aguas y la biodiversidad.

Mientras la institucionalidad creada desarrollaba las labores que culminaron con la promulgación del decreto ejecutivo del Plan GAM, en 1982, y el Invu continuaba su labor masiva de construcción de viviendas y ciudadelas por todo el país e iniciaba la construcción de edificios de apartamentos buscando la densificación, se preparaba una nueva propuesta teórica de organización y se consolidaba una transformación radical de tal institucionalidad, que respondía tanto al mundo de las "ideas" como al de las "realidades". En efecto, el primer Congreso Mundial de Hábitat (1976) promovió en todo el orbe la creación de ministerios de Vivienda y Asentamientos Humanos, lo que constituía un nuevo enfoque teórico de influencia en el urbanismo y ordenamiento territorial internacional (esto suponía la ausencia de una institucionalidad nacional, pero en Costa Rica se tenía una diáfana y consolidada institucionalidad desde 1954, reforzada en 1968). Y, paralelamente, la crisis económica de fines de los setenta restringió la construcción de viviendas y los gobiernos de la década optaron por repartir lotes con o sin servicios y trasladar los ranchos y tugurios hacia fincas estatales sin haber desarrollado todavía las mínimas condiciones de habitabilidad, lo que redundó en una verdadera tugurización estatal. La lucha creciente por la vivienda y la emergencia de fuertes organizaciones y movimientos populares en relación con la vivienda encontraron una respuesta efectiva con el más amplio y organizado clientelismo. Desde finales de los setenta aparecieron las primeras y significativas ocupaciones de tierras en San José (por tamaño, beligerancia y presencia en los medios), dejando de ser algo privativo de los puertos de Limón y Puntarenas, como venía siendo desde los sesenta.

Hubo un punto de ruptura en la administración gubernamental 86-90 que se precipitó a partir de la negociación política en plena campaña electoral de 1985. El populismo extremo y el clientelismo surgen no sólo como política de estado, sino como labor directa del candidato (futuro presidente) y sus inmediatos colaboradores: el candidato personalmente inició la repartición de "títulos de pre-adjudicación" de lote, se comprometió por escrito y públicamente a entregar fondos a las "coordinadoras" de lucha por vivienda (las tres principales con centenares de comités afiliados en todo el país) y a adjudicarles cientos de hectáreas de tierras urbanas y desarrollar proyectos masivos. A cambio, éstas movilizarían a las calles a sus miles de afiliados en apoyo electoral expreso e inducirían a sus afiliados (hasta ahora muy críticos) a brindar sus votos con la promesa de una casita.

Es a partir de este punto y en razón de los compromisos y acuerdos con los dirigentes nacionales de las "coordinadoras", muchos de los cuales aparecen como asesores del ministro de Vivienda, que se privatiza el control de la adjudicación de lotes y viviendas. Pero a la vez, se concentraba el poder en manos del mismo ministro, quien, al no lograr sus metas inmediatas por las vías normales recurre al "decreto de emergencia", de manera que pueda organizarse una nueva institución, la Comisión Especial de Vivienda (Cev), sin personería jurídica y utilizando los fondos de la Comisión de Emergencia y la personería de las viejas instituciones del sector, como el Invu y el Instituto Mixto de Ayuda Social (Imas). Por dos administraciones ésta fue la principal forma de destruir la institucionalidad de la vivienda y el urbanismo, pues con la emergencia como política se sustituyó y destruyó el aparato formal existente en ambos sectores, pero a la vez se utilizó la arbitrariedad como criterio de desarrollo urbano. La gran mayoría de las viviendas y decenas de miles de bonos se entregaron para construir en tierras sin urbanizar, sin calles o sistemas de desalojo de desechos sólidos y líquidos, utilizando las acequias y los ríos urbanos como colectores abiertos, sin escuelas o clínicas, desarraigando a miles de familias y concentrándolas en guetos de pobreza hechos de casitas "prefa" o simples ranchos.

Lo que en la administración 1978-1982 había surgido como una "secretaría ejecutiva" del sector vivienda y asentamientos humanos, constituida por profesionales que desarrollarían el concepto del sector y en apoyo a la labor de un ministro sin cartera, se convirtió en tan sólo ocho años en un ministerio sin ley y supernumerario, pero compuesto fundamentalmente por personal de confianza y altamente politizado y electorero, vinculado a las dirigencias de las "coordinadoras" de lucha y las cientos y cientos de nuevas “asociaciones de lucha por vivienda” creadas al amparo de la ley Nº 218 en todos los rincones del país. Éstas podían legalmente recibir y administrar partidas específicas, comprar tierras, organizar proyectos, escoger y cobrarles a los futuros "beneficiarios" y sus "presidentes" utilizar todo tipo de presiones y obtener insospechados privilegios en sus comunidades por el simple hecho de tener el contacto apropiado en el nuevo Ministerio de Vivienda y Asentamientos Humanos (Mivah), que todavía hoy sigue sin ley constitutiva.

El principal cambio institucional en lo financiero se da también a partir de la administración 1986-1990 con la creación del Sistema Financiero Nacional para la Vivienda y del Banco Hipotecario, que se logra constituir casi al final de la administración. Con ello también el ministro de Vivienda asumió el control de dos fondos: el Fondo de Subsidio, con hasta el 33% de Fondo de Desarrollo Social y Asignaciones Familiares (Fodesaf), y el Fondo Nacional, que recibiría fondos de diversas fuentes públicas y privadas.

Paralelamente, durante esas dos administraciones, el Invu fue reducido a una tercera parte con los programas de movilidad laboral y con ello el estado perdió a cientos de profesionales experimentados, tanto en el área de vivienda (diseño y construcción) como, y en particular, en urbanismo y planificación regional. Entre 1986 y 1994 se cerró la Oficina de Planeamiento y se redujo la Dirección de Urbanismo a una simple oficina de visado de planos, sin tecnología ni recursos para cumplir con labores asignadas por la ley Nº 4.240. Un dato curioso es que en los mismos años en que se eliminaban varios cientos de empleados del personal de Invu, la Cev llegó a tener una planilla de más de quinientas personas y surgieron organizaciones no gubernamentales y cooperativas con ex empleados del Invu y del Mivah hacia dónde se dirigieron decenas de millones de dólares de la cooperación externa: otra forma de privatización de la acción en vivienda de interés social.

Una tercera forma de privatización fue el control de la asignación directa de los bonos por parte de las asociaciones mutualistas, convertidas en "entidades autorizadas", que lograban colocar sus créditos junto al subsidio y, junto con ello, un crecimiento abrupto. No obstante, éstas también dependen de la distribución que haga el ministro de Vivienda de turno con criterios personalísimos, pues también sus proyectos o listas de bonos pueden quedarse para engrosar la presa por años y años. 

Acabado el período de la Cev por orden de la Sala Constitucional, la nueva y amplísima variedad de entidades autorizadas del Sistema Financiero generaron una demanda ficticia de bonos, pues lanzaron a sus promotores a la búsqueda de clientes, literalmente "para regalarles bonos", y mediante ello inflaron su cartera de clientes para el crédito complementario, en muchos casos al margen de que los clientes-beneficiarios fueran suficientemente solventes. El consecuente aumento de morosidad en forma desmedida llevó a graves crisis de varias entidades y del sistema financiero, pero el negocio para algunas empresas, los promotores y los activistas políticos, ya estaba consumado. 

La vieja institucionalidad de los años cincuenta, sesenta y setenta fue sustituida y desmantelada a partir de los ochenta, pero dejando de lado los planteos teóricos del Congreso Mundial de Hábitat y el criterio de "sector", de manera que nunca se integraron, ni se consultaron, ni se coordinaron las muy variadas instituciones vinculadas con el ordenamiento territorial y los servicios urbanos y sociales. El principal efecto del cambio institucional fue la privatización y la arbitrariedad en la asignación de bonos, vinculado ello con el clientelismo electoral y perjudicando incluso al sector privado de la industria de la construcción. 

El uso de entes privados también se consolidó en lo referente a lo urbano y en las dos últimas administraciones se crean nuevas comisiones ad hoc y secretarías ejecutivas en forma paralela con procesos de desregulación por decreto que culminan durante el último año con la promulgación del decreto Nº 29.415 que permite construir urbanizaciones en las decenas de miles de hectáreas reservadas dentro de las "zonas de protección especial" de la Gran Área Metropolitana, dejando sin efecto uno de los más importantes logros de la Oficina de Planificación del Área Metropolitana (Opam) y la Dirección de Urbanismo de finales de los años setenta y principios de los ochenta, mientras se sigue sin cumplir el cometido de formular un Plan Nacional de Desarrollo Urbano y las acciones aisladas y fragmentarias dejan de lado el acelerado proceso de cambio en la estructura productiva, y, por consiguiente, ignoran las profundas transformaciones en el uso del suelo en amplísimas zonas, como las fronterizas, las costeras, las ciudades intermedias y los corredores logísticos, biológicos y de desarrollo económico. Dejan de lado a la vez complejísimos procesos sociales, como la migración internacional y las modificaciones del mercado laboral y las condiciones de vida de los antiguos y estables sectores de ingreso medio, golpeados sucesivamente tanto por la reforma del estado –en particular la movilidad laboral- como por el impacto de las crisis económicas durante los últimos veinte años. 

El 20% de la población nacional -según ingresos familiares- está debajo de la línea de pobreza, y un gran sector de esa población está debajo de la línea de indigencia, pero las demandas de vivienda que hacen los dirigentes partidarios locales no se corresponden con la distribución territorial de tal población. La política de vivienda debe basarse en la asignación financiera según criterios técnicos y científicos a partir de una identificación realista y razonable de la demanda con base, por ejemplo, en los datos recientes del censo de 2000 y una distribución territorial que cubra los diversos sectores de ingreso con base en prioridades de orden social y económico.

El subsidio es obviamente necesario, pero no para apuntalar los créditos de empresas y entidades financieras, sino para apoyar la construcción de viviendas mínimas, dignas y suficientemente servidas que permitan orientar el desarrollo y la densificación de centros urbanos consolidados, en vez de impulsar nuevos desarrollos sobre zonas protegidas que ponen en peligro los acuíferos indispensables para las próximas décadas, y no ya sólo para las futuras generaciones.

La construcción de viviendas para sectores de ingreso medio debe basarse en un sistema de crédito ágil y cubrir todo el territorio nacional, no concentrarse en el suburbio del Área Metropolitana de San José o extenderse en forma de viviendas individuales de un piso construidas en grandes urbanizaciones que desperdician tierra y elevan de forma desmedida los costos correspondientes a infraestructura y abastecimiento de servicios sociales.

Es necesario fortalecer la capacidad estatal de orientar la ocupación progresiva del territorio con una institucionalidad que actúe con base en un plan de largo plazo que utilice el enorme fondo financiero disponible para responder a las necesidades que conllevan los cambios en la producción e inserción nacional en el mercado mundial. Cualquier plan de uso del suelo o urbano-regional queda en el papel si no se organiza la construcción de viviendas y se estructura una institucionalidad sectorial donde se contemple con seriedad el aporte de los municipios y de los futuros alcaldes electos.

Los planes nacionales, regionales, de cuencas o cantonales reguladores deben servir no sólo como planes de pre-inversión de los fondos públicos, sino también para localizar la gigantesca inversión estatal en construcción y subsidio para viviendas, reforzando la capacidad del municipio y sus organizaciones regionales.

Las leyes vigentes que regulan la planificación urbana y regional deben cumplirse y derogarse todos aquellos decretos que abiertamente las violen, como el de creación de la Secretaría Ejecutiva del Plan Nacional de Desarrollo Urbano (PNDU), que es una función que por ley le compete a la Dirección Nacional de Urbanismo (adscrita al Invu) y a la Opam a ella anexa, las cuales deben trabajar en coordinación estrecha con los municipios y las organizaciones municipales.

El Sistema de Información Social, Vivienda y Asentamientos Humanos (Sisvah) y otras entidades semi-públicas o semi-privadas que desarrollan investigación y generan información atinente a la vivienda y el urbanismo deben pasar a fortalecer la capacidad de la Dirección de Urbanismo en sus cometidos de ley, en especial la inmediata preparación del PNDU y un nuevo Plan GAM que tome en cuenta los cambios económicos y sociales del país de los últimos veinte años, desde su formulación en 1982. Una tarea inmediata es también establecer con base en principios actualizados y conceptualmente rigurosos los requisitos de los planes reguladores municipales elaborados por empresas privadas y en particular los planes reguladores costeros, que por lo general son realmente una burla a los principios de la planificación territorial.

Estas instituciones deben establecer convenios y vínculos formales con las universidades públicas y sus unidades académicas especializadas en diversos aspectos requeridos en la elaboración de planes urbanos y reguladores o de ordenamiento territorial, pero también en la elaboración de un plan de asignación de subsidios y construcción de barrios y viviendas basados en información científica, censal o técnica, lo que incluye diseños apropiados a las zonas, climatológicamente adaptados, con sistemas de desalojo de desechos líquidos y sólidos ambientalmente sostenibles. Escuelas como las de Planificación, Geografía, Sociología, Arquitectura, Ingeniería, Ciencias Ambientales y proyectos o programas como el Lanamme, Produs, Civco y el Laboratorio de Hidrología Ambiental, entre otros, tienen mucho que aportar y cuentan con personal de alto nivel técnico y recursos tecnológicos complementarios.

El Banco Hipotecario de la Vivienda (Banhvi) debe captar realmente los fondos de Fondo de Subsidio para la Vivienda (Fosuvi) asignados por ley, a partir de Fodesaf, y activar el Fondo Nacional para la Vivienda (Fonavi), pero asignar los bonos con estrictos criterios técnicos y con controles cruzados para evitar simulación de ingresos y otros requisitos, pero a la vez a partir de un plan de asignación de base territorial basado en la determinación de demandas reales -según los porcentuales de población pobre y familias calificables- establecida por la legislación del propio sistema financiero para la vivienda y su concentración o dispersión territorial.

Lo que fue Secretaria Ejecutiva de Vivienda y luego se ha llamado Ministerio debe desaparecer de inmediato, en particular los departamentos formados por funcionarios de confianza que se dedican a generar demanda de vivienda y organizar proyectos con interés directamente político-electoral. Sus técnicos y profesionales deben pasar a fortalecer los respectivos departamentos del Banhvi o del Invu y la Dirección de Urbanismo para que cumplan con las tareas establecidas en la legislación vigente, en especial la Ley de Planificación Urbana Nº 4.240. Con ello se eliminan funcionarios innecesarios como viceministros y oficiales mayores y sus séquitos de administrativos, asesores y asistentes.

El presidente ejecutivo del Invu debe tener rango de ministro, para que pueda coordinar el sector vivienda y asentamientos humanos (establecido desde la administración 1978-1982) que incluye al Invu, al Imas, al Instituto de Fomento y Asistencia Municipal, al Instituto de Aguas y Alcantarillados, al Banhvi, al Consejo Nacional de Emergencias y a otras instituciones, como el Instituto Geográfico Nacional, que se ubican en ministerios como el de Ambiente y el de Obras Públicas), pero no para coadministrarlas, sino para ejercer una rectoría más bien política, como sector, sin participación directa en la asignación de bonos o definición de prioridades en forma personal, sino en los límites de una política general reguladora.

El Invu puede y debe mantenerse en los números actuales de funcionarios, pero haciendo un recambio que le permita profesionalizarlos y realizar una serie de tareas con la participación del sector privado empresarial y de oenegés formalmente constituidas y especializadas, pero eliminar los proyectos de "asociaciones" espurias. Las tareas de construcción de viviendas para los sectores debajo de la línea de pobreza y sobre todo para los que están debajo de la línea de indigencia (que requieren bono completo y otros apoyos financieros o el aporte de tierras del propio banco de tierras del Invu, que debe ser desarrollado para futuros proyectos en todo el país) deben separarse de las tareas relativas a la Dirección de Urbanismo que tan sólo está adscrita al Instituto.

La Junta Directiva del Invu, como lo dice su ley orgánica, debe estar formada por profesionales afines a las tareas de urbanismo y vivienda, con alto nivel técnico y amplia experiencia en esos campos, para poder cumplir funciones de definición de políticas en el ordenamiento territorial y la reglamentación, apoyando al ministro rector del sector. Gerente y subgerente técnicos del Invu, así como el director de Urbanismo, deben nombrarse por concurso y con base en perfiles que permitan la estabilidad de personas de altísimo nivel técnico profesional e idóneos para esa función.

El Sistema de Ahorro y Préstamo del Invu (Sayp) debe ser fortalecido con alianzas con bancos estatales y verificar la posibilidad de que pase a ser parte del Banhvi. Pero en lo inmediato debe generar un sistema de mercadeo de sus productos financieros –los contratos- con una cobertura nacional. Debe abrir su sistema de ventas incluyendo una diversidad de entidades vendedoras –personas jurídicas y no empleados de planilla- que abarquen todo el territorio y especialmente la gran clase media rural y los empleados públicos. El Sayp del Invu debe colocar sus fondos estrictamente según criterios actuariales y no seguir directrices arbitrarias del Ministerio de Hacienda o presidenciales que no deben afectar y drenar este fondo privado que pertenece a los ahorrantes (no son fondos públicos). Se debe mantener incólumes también las propuestas y advertencias actuariales sobre los mínimos de ventas necesarias y de tasa de interés a que se deben colocar los fondos en el mercado de valores.

La nueva institucionalidad debe responder a una nueva política financiera y a una nueva estructuración interna del propio Banco Hipotecario para que agilice sus funciones y no duplique las tareas de las entidades financieras; pero que tampoco permita la privatización en la escogencia y selección de los beneficiarios, la que es una atribución indelegable del estado. No se requiere tampoco una institución supernumeraria, sino un ente técnico de alta especialización y coordinado estrechamente con los entes responsables de la elaboración y cumplimiento de los nuevos planes de ordenamiento territorial. El Banhvi no es un banco más que financia casas, sino debe ser parte fundamental del sector vivienda y asentamientos humanos y, por lo tanto, su Junta Directiva debe tener una conformación de alto nivel técnico donde no se confundan los intereses propios de la mutual o la empresa privada financiera o constructora con los altos intereses del país y del estado.  


El autor, sociólogo especialista en planificación urbana, es profesor en la Universidad Nacional y directivo del Instituto Nacional de Vivienda y Urbanismo.

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